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Rilke

Rilke

El poeta

De mí te alejas, hora.
El batir de tus alas me hace heridas.
Solitario: ¿qué puede hacer mi boca
con mi noche y mi día?

No tengo amada, ni casa, ni sitio
donde poder vivir.
Todas las cosas a las que me entrego
se hacen ricas y a mí me dejan pobre.


Nuevos poemas (1907)
Rainer Maria Rilke
que murió el 29 de diciembre de 1926 en Valmont (Suiza).
Versión de Jaime Ferreiro Alemparte.
Caricatura de E. Orlik

Textos de Rilke y comentarios a su obra

Cantamos

Cantamos

Cantamos porque la vida lo precisa.
Porque al mágico influjo de la música
las piedras del camino devienen girasoles,
porque al cantar se cauterizan las heridas
y nace entre las manos una espiga
que eleva su estatura hacia el sonido
que fluye interminable, que germina
y se expande como un polen de promesas
por la extensión sin límite del cielo.

Cantamos porque el canto es necesario.
Porque en alguna parte, alguien que sufre,
necesita los versos, las notas que tañemos,
los acordes que inventa nuestra lira.

(Pésimo conversador es el silencio,
hay que romper su círculo encantado
y lanzar hacia el viento las palabras
como un cauce perpetuo que no tiembla
ante el rugido atronador de sus sicarios)

Cantamos nuestra dicha y nuestra pena,
el pan que nuestras bocas alimenta
y el vino que nos roba la consciencia.

El canto es una lucha que no ceja,
una herramienta contra las cadenas,
un estandarte imprescindible, una luz plena
que no apagan las noches de derrota
ni el severo fluir de lágrimas doradas.

Mi canto es una bandera de horizontes,
una hoguera de manos enlazadas,
un coro de palomas que despiertan.

Sergio Borao Llop
Poema publicado originalmente en la web www.poesi.as
y traducido al inglés en la revista Niederngasse.

Un abate francés del siglo XVIII

Un abate francés del siglo XVIII

La Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges se inspiró parcialmente en Vidas imaginarias de Marcel Schwob y en Retratos reales e imaginarios de Alfonso Reyes, libro al que pertenece el siguiente fragmento:

Hay dos Anacarsis célebres en la historia de las letras: El primero es aquel filósofo escita cuyas aventuras de paleto intelectual en la antigua Atenas nos cuenta Diógenes Laercio y que se sorprendía mucho de ver cómo los griegos, teniendo leyes contra los injuriadores, honraban a los atletas que se hieren y matan; al aceite llamaba "medicamento de frenesí, pues, ungidos con él, los atletas se enfurecen más unos con otros"; y cuando veía a los griegos hacer carbón, se admiraba de que aquel pueblo se dejara el fuego en el monte y trajera el residuo a casa. Pero de este Anacarsis podemos prescindir por ahora. El segundo -acaso más célebre, y seguramente inspirado en el primero- es aquel cuyos viajes alimentaron la infancia del desventurado "Char Bovary" de Flaubert.
El Voyage du Jeune Anacharsis -que ya Flaubert considera con sorna- es hoy libro poco leído; pero allá en sus tiempos (1788), como respondía con notable oportunidad a las inclinaciones del gusto público, pudo ser lectura muy apreciada. Acaso Joubert tiene razón: el Anacarsis no es un libro bello, pero da la idea de un libro bello. Enciclopedia amena de la civilización antigua, el Anacarsis es la obra de un sabio que no estaba reñido con las Gracias ligeras, y que consideraba todavía el escribir de una manera amable y discreta, cuando menos, como un deber mínimo de urbanidad por parte del escritor.


De Un abate francés del siglo XVIII
del libro Retratos reales e imaginarios
de Alfonso Reyes, que murió el 27 de diciembre de 1959 en la Ciudad de México.

Poemas de Alfonso Reyes
Más poemas de Alfonso Reyes

Alejo Carpentier

Alejo Carpentier

El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro -nunca lo habían llamado sino Perro- estaba cansado. Se revolcó entre las yerbas para desrizarse el lomo y aflojar los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se perdían en el atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba escondido arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con los ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había otro olor ahí, en la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría tal vez para siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía del lomo, retorciéndose patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar una lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omóplatos.

Inicio del cuento Los fugitivos
de Alejo Carpentier
nacido el 26 de diciembre de 1904 en La Habana

Otros cuentos de Alejo Carpentier:
Viaje a la semilla
El camino de Santiago
Semejante a la noche

Luna

Luna

La luna
con su eterna tristeza de único testigo
contempla el mar.
El hombre
a la orilla parado de ese mar en tinieblas
medita y calla; sueña
ciudades sumergidas en las profundidades.
(Apócrifos recuerdos recobrados de pronto)

La quietud de las olas delata tempestades
que han de llegar. La calma,
el silencio del viento,
presagian oceánicas batallas
que han de inquietar el pecho del viajero,
llagando con sus fieras marejadas
el alma de la noche adormecida.

Después la mañana, el hombre
a la orilla parado de esas olas en calma
recordando ciudades sumergidas
más allá del olvido.

Sergio Borao Llop
nacido un día como hoy.

"De la musique avant toute chose"

"De la musique avant toute chose"

Íbamos en el tren, y una señora vestida de amarillo, como una gallina amarilla, cayó entre las dos filas de asientos, que se cambiaron repentinamente en una especie de platea, disgustada y espantada. Algunos abandonaron el teatro.
Yo, como hipnotizado por la agonía, me puse a observar ese pecho que subía y bajaba, y la cara que el espasmo y el ahogo transformaban en un carnaval de caretas sucesivas cada vez más trágicas. Poco tiempo después vinieron algunos, tomaron el pulso, auscultaron y se fueron a pedir socorro. Pero yo vi que el labio superior se replegaba en una mueca y se levantaba como la tapa de un piano de juguete. Los dientes blancos, cuadrados, fuertes, y uno que otro negro alternando. Puse mis dedos en ellos y como nada resonara, ni en la laringe ni en el vientre: "Está muerta" dije.


De La muerte y su traje
Santiago Dabove

Bécquer

Bécquer

¿De dónde vengo...? El más horrible y áspero
de los senderos busca,
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura,
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy? El mas sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.


Gustavo Adolfo Bécquer
que falleció el 22 de diciembre de 1870

Las dos colas, o el filósofo ecléctico

Las dos colas, o el filósofo ecléctico

Cuenta la leyenda que en el populoso mercado de una antigua ciudad se paseaba todas las mañanas un filósofo ecléctico, célebre observador de la Naturaleza, a quien muchos se acercaban para exponerle los más peregrinos conflictos y dudas.
Cierta vez que un Perro daba vueltas sobre sí mismo mordiéndose la cola ante la risa de los niños que lo rodeaban, varios preocupados mercaderes preguntaron al filósofo a qué podía obedecer todo aquel movimiento, y que si no sería algún funesto presagio.
El filósofo les explicó que al morderse la cola el Perro trataba tan sólo de quitarse las pulgas.
Con esto, la curiosidad general quedó satisfecha y la gente se retiró tranquila.
En otra ocasión, un domador de Serpientes exhibía varias en un canasto, entre las cuales una se mordía la cola, lo que provocaba la seriedad de los niños y las risas de los adultos.
Cuando los niños preguntaron al filósofo a qué podía deberse aquello, él les respondió que la Serpiente que se muerde la cola representa el Infinito y el Eterno Retorno de personas, hechos y cosas, y que esto quieren decir las Serpientes cuando se muerden la cola.
También en esta oportunidad la gente se retiró satisfecha e igualmente tranquila.


De La Oveja negra y demás fábulas
Augusto Monterroso
, que nació un día como hoy en 1921, en Tegucigalpa.
Más cuentos de Augusto Monterroso

Aquel reino

Aquel reino

Yo jugaba detrás de una cerca. Yo
tenía un caballo en aquel reino
y también una espada. Yo
poseía toda la vastedad del prado
hasta el campo de arriba
hasta el palacio de fantasía y ramas
y tú que eras la reina
me concedías todo aquel dominio
me amparabas
venías a buscarme
a la hora del pan con chocolate
o cuando oscurecía.
Nunca más
he sentido el orgullo del poder
como allí lo sentía porque aquél
era un feudo tan bello como el aire
como una flor de otoño y sus fronteras
tú me las señalabas
con la voz con el gesto
de tus brazos tendidos cuando yo regresaba.


De A veces gran amor
José Agustín Goytisolo

Más poemas de José Agustín Goytisolo

Indeterminación

Indeterminación

La noticia de que los físicos habían descubierto un misterioso principio de indeterminación fue recibida alegremente por ciertas escuelas teológicas y filosóficas, creyéndose que la propia ciencia proclamaba su bancarrota y que el libre-albedrismo tomaba nueva fuerza.
Ignoro por qué razón el hecho de que el hombre pueda tener libre albedrío y ser responsable de todas las tonterías que comete constituye un motivo de satisfacción para muchos filósofos. Pero dejando de lado esta cuestión, creo que la alegría es precipitada, ya que ni los propios hombres de ciencia han logrado ponerse de acuerdo, todavía, sobre el contenido y el nombre del principio: los que proponen denominarlo Principio de Indeterminación creen que es la exteriorización de una indeterminación esencial de la Naturaleza; los otros opinan que debe interpretarse como una fórmula taxativa, quizá como una medida de impotencia humana o actual de alcanzar el mundo físico, y por eso proponen que se denomine Principio de Incerteza.
Los malentendidos a que ha dado origen se deben a que deriva de la hipótesis cuántica, que tiene la desgracia de ser oscura cuando es rigurosa y de ser totalmente falsa cuando todo el mundo la comprende.


Uno y el universo
Ernesto Sabato


Imagen: Arje 8 de Aguilera
procedente de El Pórtico

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?.
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho,
tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar: suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud, limpidez, claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre...

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre fielmente por tu cuerpo abrazada,
para siempre es de noche, para siempre es de día.


Miguel Hernández

Memorias de una horca

Memorias de una horca

De un modo sobrenatural llegó a mí la noticia de la existencia de este papel, donde una pobre horca podrida y negra relataba algunas cosas de su historia. Esta horca procuraba escribir sus trágicas Memorias. Debían ser profundos testimonios sobre la vida. Como árbol, nadie conocía tan bien el misterio de la Naturaleza; como horca, nadie conocía mejor al hombre. Nadie puede ser tan espontáneo y genuino como el hombre que se retuerce al extremo de una cuerda, ¡a no ser ese otro que se le sube a los hombros! Por desgracia, la pobre horca se pudrió y murió.
Entre los apuntes que dejó, los menos completos son estos que transcribo, resumen de sus dolores, vaga apariencia de gritos instintivos. ¡Si ella hubiera podido escribir su vida compleja, llena de sangre y de tristezas! Es hora de que sepamos, por fin, cual es la opinión que la vasta Naturaleza, montes, árboles y aguas, tiene del hombre imperceptible. Tal vez este sentimiento me lleve algún día a publicar papeles que guardo avaramente y que son las Memorias de un átomo y las Notas de viaje de una raíz de ciprés.


De Memorias de una horca
José María Eça de Queiroz
(1845-1900)
Cuento completo

Coincidencias

Coincidencias

"A la realidad le gustan las simetrías" dice Borges.
Tal día como hoy, aunque con 11 años de diferencia, nacían Arthur Charles Clarke (1917; Minehead, Somerset) y Philip K. Dick (1928; Chicago).
Escritores los dos, eligieron el mismo género para sus ficciones. Ambos fueron consagrados gracias al cine, o mejor dicho, a la adaptación cinematográfica de sus obras. A Clarcke le debemos 2001. Una odisea del espacio. A Dick la novela en que se inspiró Blade runner.
A la vista de sus respectivas biografías, poco tuvieron en común, y quizá fueron muy distintos uno del otro. Sin embargo, a la historia tal vez le guste más recordar que una fecha, un género y la memoria de los hombres los hermanan.

Libros de Arthur Charles Clarke (y otros autores).
Cuentos de Dick.
Novelas de Dick.

Años atrás, en 1902, en idéntica fecha, en El Puerto de Santa María (Cádiz), había nacido el poeta Rafael Alberti.

Los rostros prohibidos de la música

Los rostros prohibidos de la música

Una finísima lluvia comenzaba a empapar las aceras cuando apagué las luces y cerré la puerta de la cervecería. Echando un desesperanzado vistazo a las oscuras nubes, me apresuré a bajar la persiana metálica asegurándola con el enorme candado de seguridad. Conecté la alarma y, ajustándome con prudencia el sombrero, salvé a grandes zancadas la poca distancia que me separaba de la Avenida. Refugiado bajo un providencial toldo que algún comerciante despistado se había olvidado de levantar, oteé el horizonte iluminado en busca de algún lugar donde guarecerme hasta que pasase la tormenta.

De Los rostros prohibidos de la música
Sergio Borao Llop

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Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre

Hace 19 años, el 14 de diciembre de 1984, se apagaba en Madrid una de las mejores voces de la poesía española: Vicente Aleixandre, que siete años antes había visto recompensada su trayectoria con la concesión del premio Nobel de literatura.
Rescatamos este poema, que abre su libro Espadas como labios y cuyo título es precisamente,

Mi voz

He nacido una noche de verano
entre dos pausas. Háblame: te escucho.
He nacido. Si vieras que agonía
representa la luna sin esfuerzo.
He nacido. Tu nombre era la dicha.
Bajo un fulgor una esperanza, un ave.
Llegar, llegar. El mar era un latido,
el hueco de una mano, una medalla tibia.
Entonces son posibles ya las luces, las caricias, la piel, el horizonte,
ese decir palabras sin sentido
que ruedan como oídos, caracoles,
como un lóbulo abierto que amanece
(escucha, escucha) entre la luz pisada.


Espadas como labios (1930-1931)

Más poemas de Vicente Aleixandre

El paraiso sobre los tejados

El paraiso sobre los tejados

Será un día tranquilo, con una luz fría
como el sol que levanta o que muere, y el cristal
cerrará el aire sucio del cielo exterior.

Nos despertarán un día, de una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será tal la tibieza. Llenará la habitación,
por el gran ventanal, un cielo aún más grande.
Desde la escalera que se subió un día para siempre
no llegarán más voces ni más rostros muertos.

No será necesario abandonar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestirlo todo
de una tranquila claridad, casi como una luz.
Pondrá una sombra pálida sobre el rostro supino.
Los recuerdos serán como grumos de sombra
aplastados igual que vieja brasa
en el camino. El recuerdo será como una llama
que aun hasta ayer mordía los apagados ojos.

(1940)

De Lavorare stanca (Trabajar cansa)
Cesare Pavese

Más poemas de Pavese

Las tentaciones de Flaubert

Las tentaciones de Flaubert

El 12 de diciembre de 1821 nació en Ruán (Normandía) el escritor Gustave Flaubert , que es recordado sobre todo por Madame Bovary , novela que se vio favorecida por la polémica.
Menos repercusión tuvieron títulos como Salambó o Las tentaciones de San Antonio , (que unos amigos -a quienes por suerte Flaubert desoyó- le aconsejaron quemar). A ese libro pertenece este texto:

Apaga, la oscuridad se hace profunda.
Y de pronto pasan por el aire, primero un charco de agua, luego una prostituta, después la esquina de un templo, la cara de un soldado, un carro con dos caballos blancos que se encabritan.
Estas imágenes van llegando bruscamente, a sacudidas, destacándose en la noche como si fueran pinturas de color escarlata sobre madera de ébano.
Su movimiento se acelera. Desfilan de manera vertiginosa. Otras veces se detienen y van empalideciendo gradualmente, terminando por diluirse. O bien se echan a volar e inmediatamente llegan otras.
Antonio cierra los ojos.
Las imágenes se multiplican, lo rodean, lo asedian. Un indecible espanto lo sobrecoge. Ya no siente nada, sólo una contracción que le quema el epigastrio. Pese al estrépito que hay dentro de su cabeza, percibe un enorme silencio que lo separa del mundo. Trata de hablar. ¡Imposible! Es como si todo su ser se disolviera y, sin poder aguantar más, Antonio cae sobre la estera.

El morocho del abasto

El morocho del abasto

En 1890, tal día como hoy, nacía en Toulouse el que habría de ser famoso cantante Carlos Gardel
Le recordamos con uno de sus más famosos tangos.

Volver

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor.
La quieta calle, donde un eco dijo:
"Tuya es su vida, tuyo es su querer",
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver...
Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien...
Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en la sombra
te busca y te nombra...
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez
Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida;
tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenen mi soñar...
¡Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar!
Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.


Alfredo Le Pera//Carlos Gardel

Luigi Pirandello

Luigi Pirandello

Creía firmemente que no se levantaría ya más de aquel sillón; creía que de un momento a otro se moriría de congoja. Pero no; al contrario, algunos días después pudo sostenerse en pie y dar algunos pasos, apoyada, por la habitación; luego, con el tiempo, pudo incluso descender la escalera y salir al aire libre del brazo de Gerlando y de la sirvienta. Finalmente, tomó la costumbre de ir, hacia la puesta de sol, hasta el borde que limitaba la finca por el sur.
Desde allí se divisaba una vista magnífica sobre la playa que estaba a sus pies, y el mar abierto. Allí fue los primeros días acompañada habitualmente por Gerlando y Gesa; después, sin Gerlando; finalmente ella sola.
Sentada sobre una roca, a la sombra de un olivo centenario, contemplaba toda la orilla lejana que apenas se curvaba, con pequeños golfos y salientes recortándose en el mar que cambiaba de tonalidades a los soplos del viento;


De El mantón negro, cuento escrito por Luigi Pirandello , de quien se cumple hoy el aniversario de su fallecimiento en 1936.

La última niebla

La última niebla

Noche a noche oigo a lo lejos pasar todos los trenes. Veo en seguida el amanecer infiltrar, lentamente, en el cuarto, una luz sucia y triste. Oigo a las campanas del pueblo dar todas las horas, llamar a todas las misas, desde la misa de seis, adonde corren mi suegra y dos criadas viejas. Oigo el aliento acompasado de Daniel y su difícil despertar.
Cuando él se incorpora en el lecho, cierro los ojos y finjo dormir.
Durante el día no lloro. No puedo llorar. Escalofríos me empuñan de golpe, a cada segundo, para traspasarme de pies a cabeza con la rapidez de un relámpago. Tengo la sensación de vivir estremecida.
¡Si pudiera enfermarme de verdad! Con todas mis fuerzas anhelo que una fiebre o algún dolor muy fuerte vengan a interponerse unos días entre mi duda y yo.
Y me dije: Si olvidara, si olvidara todo; mi aventura, mi amor, mi tormento. Si me resignara a vivir como antes de mi viaje a la ciudad, tal vez recobraría la paz...


De La última niebla (María Luisa Bombal ).
Ella misma se nos presenta en su autobiografía.
Más textos de María Luisa Bombal
Otros textos sobre su obra