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Al_andar

Devolviendo golondrinas

Devolviendo golondrinas

Solo para devolver las golondrinas
que en blanco y negro partieron
el puñado de plumas blancas
el puñal de plumas negras

Solo para quedar en tabla
no defender a la reina con torres
con torres sin balcones ni violines
sin potros mojados de celo y animal.

Vine a devolver las hojas que cayeron
de mi libro de mi árbol de mi cuerpo
-la caligrafía de la vida a veces duele-
y escribir sin protocolos la tarde entera.

Solamente volví para devolver
para quedar neutra y rendida
en blanco y negro, sin hojas, sin tinta
y empezar a ser mujer para dejar de ser poema.


Daniela Piccione
Natural de Capitán Bermúdez, provincia de Santa Fe, (Argentina). Su obra ha sido recogida en diversas antologías, como Poetas contra el indulto; Palabra Libre; Poemas de amor, de afecto y de vida; Ceibo o Letras de la Conjura.

Silencio

Silencio

- Escúchame - dijo el demonio apoyando la mano en mi cabeza -; la región de que hablo es una sombría región de Libia a orillas del río Zaire. Y allí no hay ni calma ni silencio.
Las aguas del río son de un tinte azafranado y enfermizo y no corren hacia el mar, sino que palpitan eternamente bajo la pupila roja del sol con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se extiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos espectrales, mientras inclinan a uno y otro lado sus cabezas sempiternas. De ellos se levanta un rumor confuso que se parece al rugido de un torrente subterráneo. Y entre sí, suspiran.
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, densa, horrible selva. Allí, como las olas en torno a las Hébridas, la maleza está en perpetua agitación. Pero ningún viento agita el cielo.


Fragmento de Silencio
Edgar Allan Poe
, nacido en Boston el 19 de enero de 1809.

Rubén Darío

Rubén Darío

¿Dónde? A lo lejos, la perspectiva abrumadora y monumental de extrañas arquitecturas, órdenes visionarios, estilos de un orientalismo portentoso y desmesurado. A sus pies un suelo lívido; no lejos, una vegetación de árboles flacos, desolados, tendiendo hacia un cielo implacable, silencioso y raro, sus ramas suplicantes, en la vaga expresión de un mudo lamento. En aquella soledad Honorio siente la posesión de una fría pavura...
¿Cuándo? Es en una hora inmemorial, grano escapado quizás del reloj del tiempo. La luz que alumbra no es la del sol; es como la enfermiza y fosforescente claridad de espectrales astros. Honorio siente el influjo de un momento fatal, y sabe que en esa hora incomprensible todo está envuelto en la dolorosa bruma de una universal angustia.


Fragmento de La pesadilla de Honorio,
original de Rubén Darío, nacido el 18 de enero de 1867
en Metapa (en la actualidad Ciudad Darío), Nicaragua

Zumbido

Zumbido

A veces, abro los ojos, me incorporo y camino con lentitud por las estancias. Como si aún estuviese vivo.
A veces, incluso me aventuro a salir al exterior para comprobar que otros seres semejantes a mí se mueven por las calles, se apresuran, chocan entre ellos, se someten a la tiranía de relojes y semáforos, se detienen y se miran unos a otros y en ocasiones conversan.
Sí, a veces también yo finjo estar ahí, entre ellos, provocando sonrisas o muecas de irritación o atascos. Finjo vivir. Pero siempre regreso al lecho en sombras. Me acuesto, cierro los ojos y convoco secuencias que nunca termino de comprender.
Finalmente, me pregunto cuál de estas irrealidades es más ficticia. Cual de estos dos sueños es el que está encerrado dentro del otro. Si tuviese acceso a esa ansiada respuesta, tal vez podría despertar, ser. En uno u otro lado, pero existir.
Lo que más me atormenta es ese molesto zumbido del teléfono que no parece tener lugar y que sin embargo nunca acaba de callarse.


Publicado originalmente en el libro Callejón de palabras (Mizar)
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Ramón J Sender

Ramón J Sender

Cuando hubo colgado suspiró confuso y se dijo que las cosas le empujaban en la dirección de un misterio nuevo. Suele ser así siempre. ¿No es la vida entera un solo misterio siempre nuevo? La tierra avanza a velocidades fabulosas por un espacio siempre nuevo y siempre desconocido. ¿No será lo mismo en todos los niveles de la realidad? Aquella mañana, antes del mediodía, recibió un paquete (no por correo sino por continental exprés). No era libro ni orquídea, sino una lámpara de noche adaptable a la cabecera de la cama para leer acostado. Una lámpara que se podía acomodar fácilmente (con cuello de oca) al dorso de la cabecera. La ventaja de aquella lámpara consistía en que tenía un dispositivo para no molestar con la luz a la compañera de lecho si ella prefería dormir. ¿Qué compañera? Él no la tenía. Y miraba la muñeca rota.

De la novela En la vida de Ignacio Morel
de Ramón J. Sender (03/02/1901 -- 16/01/1982)

De noche

De noche

¡Sumergirse en la noche! Así como a veces se hunde la cabeza en el pecho para reflexionar, hundirse así por completo en la noche. En derredor duermen los hombres. Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente, es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro, estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en realidad se han encontrado reunidos como antaño una vez y como después en una comarca desierta: un campamento a la intemperie, una inabarcable cantidad de gentes, un ejército, un pueblo, bajo un cielo frío, sobre una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie, con la frente apretada contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando tranquilamente. Y tú velas, eres uno de los vigías, hallas al prójimo agitando el leño encendido que tomaste del montón de astillas, junto a ti. ¿Por qué velas? Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar ahí.

De La muralla china
Franz Kafka

René Rodríguez Soriano

René Rodríguez Soriano

Permiso para subir a la cornisa del olvido

Toqué las puertas de la risa y me burlaron. Pisé los adoquines, las esquirlas y las alfombras de un tequiero almidonado. Trepé los aposentos de la espuma, del miedo y del espanto. Me adentré. Anduve. Troté. Esquivé salté y me empujaron. Los verbos, los sujetos, los objetos (y el otoño, con su crujiente cortina de hojas idas), cedieron, me abrieron paso hasta allá, al mismo fondo del olvido.
Olvido, creo que dije. Llamé. Grité. No respondieron mi llamado. Pienso que me senté (no lo recuerdo ahora, pero no importa), sobre una tarima de palabras, de versos, de jirones, de aliento. Un alfabeto adusto y ocre me desató de un tajo los zapatos. Me penetró hasta el metacarpo de las penas. Me hirió y sangró conmigo a la bartola, hasta el alba. Soñamos y, hechos carne y uña, dedo y llaga, despertamos ante el umbral impresionista de un sueño a campo abierto, luz del viento, una muchacha.
Una muchacha loca y amplia, una muchacha ebria es el olvido. Una muchacha en mangas de camisa, desmadejando al aire negrísimos cabellos, trotando manisuelta por las sórdidas melenas de la tarde. Una muchacha triste, con ojos de aguaclara y despoblada, con música, con góndolas, con labios y amapolas, dramática, sinfónica, mordaz. Una muchacha lúdica, pálida como una lámpara en el baldío. Una muchacha púb(l)ica, coral, sola y difusa, y el olvido.
Permiso, dije para entrar, y entré al olvido. Abracé a la muchacha. Mondé el poema por su esquina más dúctil y lo engullí. Era un poema fibroso, carnal, de jugos transeúntes y embriagantes, tan limpio como el fuego. Metálico, frutal. Un poema lavado de recuerdos, óptimo para el olvido. Había perdido la memoria en un recodo del camino. Era un poema erecto, viril, con su guitarra blasonada de silencios, con la alegría rota en un falsete y la tristeza muerta y desolada. Un poema desnudo, como la muchacha en mangas de camisa. Un poema sin nombre, como todos los hombres.
Estoy adentro –dije- y no me salgo. Enciendo de mis pipas la más bella, la de espumas de mar, y te invito a que entres y te sientes. Toca. Palpa. Desnuda a la muchacha. Restriégate el poema por el iris, por las carnes. Te invito: entra al olvido, no hacen falta artimañas. Aquí, plácido el poema, con toda la piel poblada de amarguras, latiendo en carne viva, te invita a sentar reales.
Ven, no te acobardes. Oye al olvido, diciendo el nombre de las cosas por su nombre. Contándonos su historia sin historia. Y Heráclito, su fuego, los puentes y los gatos y los pasadizos. El hombre olvida. El poeta olvida. El amigo. Toda una geografía que palpita a borbotones, mentando madres, diciendo amor como bazooka, ardiendo en llamas de ternura, óyelo.
No es un paisaje acompasado y mustio. No es un casete para colección. Es más...
...olvida, ya no podrás salir. Eché las siete llaves del olvido.

René Rodríguez Soriano
Una entrevista a RRS

James Joyce

James Joyce

No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo, él me decía: "No me queda mucho en este mundo", y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche, al levantar la vista y contemplar la ventana, me repetía a mí mismo en voz baja la palabra "parálisis". Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomón en Euclides y la "simonía" del catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.

Fragmento del cuento Las hermanas, perteneciente al libro Dublineses, de James Joyce , fallecido el 13 de enero de 1941.

Un triste caso

Agatha Christie

Agatha Christie

Nido de avispas

John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire.
Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
—¡Qué alegría! —exclamó Harrison— ¡Si es monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hécules Poirot, el sagaz detective.
—¡Yo en persona! En cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme." Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
—¡Me siento encantado —aseguró Harrison sinceramente— Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
—Gracias —repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre—. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no —su voz se hizo plañidera mientras le servían—. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor.
—¿Qué le trae a este tranquilo lugar? —preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón —¿Es un viaje de placer?
—No, mon ami; negocios.
—¿Negocios? ¿En este apartado rincón?
Poirot asintió gravemente.
—Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.


Agatha Christie , fallecida el 12 de enero de 1976.
Cuento completo

Ojos sin nadie

Ojos sin nadie

Dicen que un abrigo negro se lo llevó una noche,
que una sombra mortal iba envolviéndole,
que una estrella fugaz lloraba su destierro.

Supo entonces de plazas donde la luz no existe,
conoció las palabras carentes de sonido,
habitó las vertientes del olvido.

Una capa negra, dicen, se lo llevó despacio
a una ciudad de huecos corredores
y vastas avenidas en penumbra
y velos que se pierden tras todas las esquinas.

No le veréis mañana, será otro;
otro su corazón, otra su piel, su fiebre.

Pues dicen que una noche
se perdió entre otras calles
y unos ojos sin nadie se lo llevaron preso.


De El rostro prohibido
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Nitecuento 27

Nitecuento 27

Ya está disponible el número 27 de la revista de escritura creativa Nitecuento.
La ilustración de la portada es original de Susana G. Alonso de "Nakar" y en cuanto a los contenidos, cabe prestar especial atención a los relatos, que son los siguientes:

- Mi jefe felino, de Erick Hernández Mora.
- La mano de Dios, de Francisco Rodríguez.
- Canela, de Lucía Scosceria.
- Historia de Xuan, de Yvonne López.
- Esperanzas, de Rosa Elvira Peláez.
- Genética, de David Hierro Mariné.
- La aventura del cañón, de Joan Antoni Fernández.
- El symposium, de Avelina Chinchilla.
- ¿Qué fue de Ignacio Cimantilla?, de Alberto Cubero.
- Pensamiento negro, de Gonzalo Torada.

Aparte de esto, también hay una buena colección de artículos relacionados con el mundo de la literatura, la fantasía, el cine, así como recomendaciones y reseñas de libros y otras secciones habituales de la revista.

Web de Nitecuento
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Más información

Cumpleaños de Joan Báez

Cumpleaños de Joan Báez

Hoy cumple 63 años Joan Báez. Es preciso recordarla con una canción, por ejemplo ésta, que pertenece al único albúm que grabó por entero en español:

Las Madres cansadas

Cada madre agobiada ya descansará
y en nuestros brazos sus criaturas reposarán;
cuando el sol se pone sobre el campo
amor y música les brindaremos
y las madres cansadas ya descansarán.

Y los campesinos con su arado y su tractor,
en la frente la extraña frescura sentirán
de las lagrimas de pena
derramadas por los comerciantes
y los agricultores ya desansarán.

Los trabajadores dolientes de la tierra
otra vez el himno tan resonante cantarán:
"Ya no seremos los pobres,
ya no viviremos en esclavitud".
Y los trabajadores luego cantarán.

Cuando los soldados sus garitas dejarán
y en las trincheras sus uniformes quemarán.
Oh mi general, tus fieles tropas
ya se habrán olvidado de tí.
Y la gente del mundo ya descansará.


Del disco Gracias a la vida (1974)
Un dibujo

Gil de Biedma

Gil de Biedma

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.


Del libro Poemas póstumos.
Jaime Gil de Biedma
,
fallecido el 8 de enero de 1990.
Otros poemas de Jaime Gil de Biedma

Nos han dado la tierra

Nos han dado la tierra

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero si, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
—Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "Somos cuatro." Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros.


Nos han dado la tierra, de Juan Rulfo, fallecido el 7 de enero de 1986.

Cuento completo
Más obras de Rulfo

Cumpleaños de Umberto Eco

Cumpleaños de Umberto Eco

Hoy cumple 72 años Umberto Eco a quien la humanidad le debe El nombre de la rosa, una de las novelas más celebradas del siglo XX. Va un breve fragmento:

En el umbral del edificio estaba el Abad, que nos miró con gesto severo.
- Os he buscado durante toda la noche -dijo, dirigiéndose a Guillermo- no os he encontrado en vuestra celda, ni en la iglesia...
- Estábamos siguiendo una pista -dijo vagamente Guillermo, con visible incomodidad.
El Abad lo miró un momento y luego dijo con voz grave y pausada:
- Os busco desde que acabó el oficio de completas. Berengario no estaba en el coro.
- ¡Qué me estáis diciendo! -exclamó Guillermo con aire risueño. En efecto: acababa de convencerse de que había estado escondido en el scriptorium.
- No estaba en el coro durante el oficio de completas -repitió el Abad- y no ha regresado a su celda. Están por llamar a maitines. Veremos si aparece ahora. Si no, me temo que haya sucedido otra desgracia.
Cuando llamaron a maitines, Berengario no estaba.


Caricatura de Eco, original de Vasco
Como viajar en los trenes americanos
Una impresión sobre El nombre de la rosa

TS Eliot

TS Eliot

El primer coro de la roca

Se cíerne el águila en la cumbre del cielo,
El cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
Conocimiento del habla, pero no dei silencio;
Conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.


TS Eliot
fallecido el 4 de enero de 1965.

(Traducción: Jorge Luis Borges)
Más poemas de TS Eliot

JRR Tolkien

JRR Tolkien

AINULINDALE
La Música de los Ainur

En el principio estaba Eru, el Unico, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música; y cantaron ante él y él se sintió complacido. Pero por mucho tiempo cada uno de ellos cantó solo, o junto con unos pocos, mientras el resto escuchaba; porque cada uno sólo entendía aquella parte de la mente de Ilúvatar de la que provenía él mismo, y eran muy lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía.
Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio.
Entonces les dijo Ilúvatar: - Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.


John Ronald Reuel Tolkien, nacido el 3 de enero de 1892 en
Bloemfontein, Sudáfrica.
Cuento completo
Caricatura de Tolkien realizada por Jan Op De Beeck

El nuevo acelerador

El nuevo acelerador

Ciertamente, si alguna vez alguien se ha encontrado una guinea mientras buscaba un alfiler, ése era mi buen amigo el profesor Gibberne. He oído hablar de algunos investigadores que han conseguido mucho más de lo que pretendían, pero nunca de forma tan extraordinaria como él. Esta vez, realmente, sin ningún tipo de exageración, ha descubierto algo que revolucionará al género humano. Y eso que sólo buscaba un estimulante para los nervios que fortaleciese a las personas más débiles de cara a la tensión de la vida actual. He probado la sustancia muchas veces y no puedo hacer menos que describir los efectos que ha producido en mí. Deparará experiencias asombrosas y resultará bastante interesante a todos aquellos que busquen nuevas sensaciones.
El profesor Gibberne, como mucha gente ya sabe, es vecino mío en Folkestone. Si no me falla la memoria, creo que a finales de 1899 ya apareció una fotografía suya en la revista The Strand Magazine, pero no puedo buscarla porque le presté ese número a alguien que nunca me lo ha devuelto. El lector quizá podrá recordar la elevada frente y la singularidad de las pobladas cejas negras que le dan ese toque mefistofélico a su cara.


De El nuevo acelerador
Herbert George Wells
Cuento completo

Anaconda

Anaconda

Cuando Anaconda, en complicidad con los elementos nativos del trópico, meditó y planeó la reconquista del río, acababa de cumplir treinta años.
Era entonces una joven serpiente de diez metros, en la plenitud de su vigor. No había en su vasto campo de caza, tigre o ciervo capaz de sobrellevar con aliento un abrazo suyo. Bajo la contracción de sus músculos toda vida se escurría, adelgazada hasta la muerte. Ante el balanceo de las pajas que delataban el paso de la gran boa con hambre, el juncal, todo alrededor, empenachábase de altas orejas aterradas. Y cuando al caer el crepúsculo en las horas mansas, Anaconda bañaba en el río de fuego sus diez metros de oscuro terciopelo, el silencio circundábala como un halo.
Pero no siempre la presencia de Anaconda desalojaba ante sí la vida, como un gas mortífero. Su expresión y movimientos de paz, insensibles para el hombre, denunciábanla desde lejos a los animales.


De Anaconda, del escritor uruguayo Horacio Quiroga
nacido el 31 de diciembre de 1878 en Salto.
Cuento completo
Cuentos de la selva
Caricatura de Horacio Quiroga, publicada en La Nación el 15/01/1922

Rudyard Kipling

Rudyard Kipling

Rudyard Kipling , nacido en Bombay (India) el 30 de diciembre de 1865, es conocido, sobre todo, por The Jungle Book, novela que ha sido llevada al cine en varias ocasiones y con desigual fortuna; pero en su vasta y variopinta producción literaria también hubo lugar para historias que dejan un poso de intranquilidad en quien las lee. Este es el inicio de una de ellas, quizá la más inquietante.

Ellos

Un paisaje me llevaba a otro; la cima de una colina, a otra cercana, en la mitad del condado, y ya que mi respuesta no podía ser más que la de mover una palanca, dejé que el condado fluyera bajo mis ruedas. Las llanuras salpicadas de orquídeas, en el este, dejaron paso al tomillo, a los acebos y a las hierbas grisaceas de los montes Downs; todo eso, a su vez cedió su lugar a los trigales feraces y a las higueras de la costa baja, donde se lleva el latido de la marea a la izquierda, a lo largo de quince millas de llano, y cuando por fin giré tierra adentro, a través de un racimo de colinas redondeadas y de bosques, me había liberado a mí mismo de mis fronteras conocidas. Más allá de la mismísima aldea que se eleva como madrina de la capital de los Estados Unidos, encontré villorrios escondidos donde las abejas, las únicas cosas despiertas, zumbaban en tilos de ochenta pies de altura que sombreaban grises iglesias normandas; arroyuelos milagrosos corrían bajo puentes de piedra construidos para soportar un tránsito más pesado que el que alguna vez volvería a hollarlos; graneros para almacenar los diezmos más grandes que las iglesias, surgían junto a una vieja herrería que proclamaba a gritos haber sido una vez la sala de reuniones de los Caballeros del Temple. Encontré gitanos en una propiedad común donde la aulaga, el helecho y el brezo decidían su predominio en una batalla de más de una milla romana de carretera; y algo más allá molesté a un zorro rojo que avanzaba con aires de perro bajo la luz desnuda del sol.