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Leyenda de la ausencia

Leyenda de la ausencia

El árbol sabía el secreto del agua y el pájaro. Pero el árbol guardó silencio cuando vinieron los hombres a caballo y arrasaron el bosque.
El árbol conoció la fuga en primavera, casi al alba, de los niños, más allá de la casa que guardaba los tesoros y el aire del sueño. Pero el árbol guardó silencio cuando los jinetes quemaron las fotografías sepia.
El árbol vió el abrazo de la luna y el estanque, cuando el otoño rodeó jazmines y se llevó las rosas. Pero el árbol, guardo silencio, cuando los caballeros, con dedos de hielo robaron las hojas diarias del calendario.
Y se quedó en pie, solo y altivo.
Entonces los jinetes avanzaron hasta él y encendieron fuego. El viento se llevó las cenizas hacia el río. Y la memoria del árbol pudo contar por fin a las aguas porqué mueren las leyendas a través del olvido y la ausencia.


María Antonia Seguí

Camilo Torres

Camilo Torres

El 15 de febrero de 1966 moría en el frente Camilo Torres Restrepo, conocido como "el cura guerrillero".
El cantautor uruguayo Daniel Viglietti compuso en su memoria la siguiente canción, que Víctor Jara incluyó más tarde en su disco El derecho de vivir en paz

Donde cayó Camilo nació una cruz,
pero no de madera sino de luz.
Lo mataron cuando iba por su fusil,
Camilo Torres muere para vivir.

Cuentan que tras la bala se oyó una voz.
Era Dios que gritaba: ¡Revolución!

"A revisar la sotana, mi general,
que en la guerrilla cabe un sacristán".

Lo clavaron con balas en una cruz,
lo llamaron bandido como a Jesús.

Y cuando ellos bajaron por su fusil,
se encontraron que el pueblo tiene cien mil.
Cien mil Camilos prontos a combatir,
Camilo Torres muere para vivir.

Mariano José de Larra

Mariano José de Larra

Nada más común en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos había engarzado artísticamente, a ruego de Macías, en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traducción había acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazón. Había perdido la significación de una piedra, cosa nada extraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte del lapidario; pero en cambio había entendido la equivocación del platero, que había significado la v con la b, inicial de brillante; ni el quid pro quo del platero ni el acierto de Elvira tenían nada de particular en un tiempo en que no sabían ortografía ni los plateros ni los amantes. El número, sin embargo, de las piedras, y la colocación de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intención del que había mandado hacer la sortija.

Fragmento de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente,
de Mariano José de Larra, que se suicidó el 13 de febrero de 1837.

Casa tomada

Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.
(cuento completo)
Julio Cortázar (26 agosto 1914 -- 12 febrero 1984)

"Una tarde, una tarde como las otras," cuenta Borges "un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa Tomada. Pasaron los años y me confió una noche, en Paris, que esa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento."
Jorge Luis Borges en el prólogo a una antología de cuentos de Julio Cortázar.
Web del año internacional de Julio Cortázar

Ercilla

Ercilla

Piedras de Arauco y desatadas rosas
fluviales, territorios de raíces,
se encuentran con el hombre que ha llegado de España.
Invaden su armadura con gigantesco liquen.
Atropellan su espada las sombras del helecho.
La yedra original pone manos azules
en el recién llegado silencio del planeta.
Hombre, Ercilla sonoro, oigo el pulso del agua
de tu primer amanecer, un frenesí de pájaros
y un trueno en el follaje.
Deja, deja tu huella
de águila rubia, destroza
tu mejilla contra el maíz salvaje,
todo será en la tierra devorado.
Sonoro, sólo tu no beberás la copa
de sangre, sonoro, sólo al rápido
fulgor de ti nacido
llegará la secreta boca del tiempo en vano
para decirte: en vano.
En vano, en vano
sangre por los ramajes de cristal salpicado,
en vano por las noches del puma
el desafiante paso del soldado,
las órdenes,
los pasos
del herido.
Todo vuelve al silencio coronado de plumas
en donde un rey remoto devora enredaderas.


De Los conquistadores
Canto General
Pablo Neruda

Los demonios

Los demonios

Pasó una semana, y seguía sin saber si estaba prometido o no. Por más que se esforzó, no consiguió enterarse con certeza. Ni se había entrevistado con la novia, ni estaba seguro de poder considerarla como tal. No sabía ni siquiera si el asunto iba en serio. Varvara Petrovna, por motivos que él ignoraba, le tenía terminantemente prohibido ir a visitarla. A una de las primeras cartas que le escribió (y que fueron innumerables), respondió ella rogándole que, de momento, la librase de toda relación con él, pues se hallaba muy ocupada y, aunque debía comunicarle muchas y trascendentales noticias, esperaba un momento más propicio y libre, añadiendo que, con el tiempo, le daría a conocer cuándo le permitiría ir a verla. En cuanto a las cartas, le aseguró que se las devolvería sin abrirlas, pues eran "pura tontería". Leí este mensaje con mis propios ojos: él mismo me lo mostró.

Fragmento de Los demonios
Fiodor Dostoievski
(11/11/1821 -- 9/2/1881)

Pirenaica

Pirenaica

Ajeno a las avenidas
y a los puentes (homicidas)
sumirme en el sueño arcano,
y olvidado de los hombres, olvidar
los secos pronombres de mi geografía.

Y en tu piel de resina lujuriosa
aprender el sentido de los trinos
que desvelan el alba misteriosa.

Aprehender en tu piel de hojarasca
las fugitivas músicas nocturnas,
tus múltiples almas de azahar sin memoria.

Apaciguar mis muertes en tu anatomía,
bajo el tronar del viento, bajo el cielo
que cobija el vuelo de tus pájaros;
rememorarme en el anhelo de tus savias
y en tus sabias corrientes subterráneas
nacer...
nacer en primavera
desafiando los deshielos.


+ + +

Charles Dickens

Charles Dickens

Cuando nada más bajar del coche, el señor Goodchild y señor Idle se presentaron por primera vez en la puerta y penetraron en el sombrío y hermoso salón, fueron recibidos por media docena de ancianos silenciosos vestidos de negro, todos exactamente igual, que se deslizaron escaleras arriba junto a los serviciales propietario y camarero, pero sin que pareciera que se estuvieran entrometiendo en su camino, o que les importara si lo estaban haciendo o no, y que se apartaron hacia la derecha y la izquierda de la vieja escalera cuando los huéspedes entraron en la sala de estar. Era un día claro y brillante, pero al cerrar la puerta el señor Goodchild dijo: -¿Quién demonios son esos ancianos?
Y poco después, cuando ambos salieron y entraron, no observaron que hubiera anciano alguno. Desde entonces los ancianos no volvieron a reaparecer, ni siquiera uno de ellos. Los dos amigos habían pasado una noche en la casa pero no habían vuelto a verlos. El señor Goodchild paseó por la casa, revisó los pasillos y miró tras las puertas, pero no encontró ningún anciano; por lo visto, ningún miembro del establecimiento echaba en falta a anciano alguno ni lo esperaba.


Fragmento de La novia del ahorcado, cuento del libro Historias de fantasmas
Charles Dickens (7/2/1812 -- 9/6/1870)
Más textos de Dickens

El delirio -- El dios oscuro

El delirio -- El dios oscuro

Brota el delirio al parecer sin límites, no sólo del corazón humano, sino de la vida toda y se aparece todavía con mayor presencia en el despertar de la tierra en primavera, y paradigmáticamente en plantas como la yedra, hermana de la llama, sucesivas madres que Dionysos necesitó para su nacimiento siempre incompleto, inacabable. Y así nos muestra este dios un padecer en el nacimiento mismo, un nacer padeciendo. La madre, Semelé, no dio de sí para acabar de darlo a la luz nacido enteramente. Dios de incompleto nacimiento, del padecer y la alegría, anuncia el delirio inacabable, la vida que muere para volver de nuevo. Es el dios que nace y el dios que vuelve. Embriaga y no sólo por el jugo de la vid, su símbolo sobre todos, sino ante todo por sí mismo. La comunicación es su don. Y antes de que ese su don se establezca hay que ser poseído por él, esencia que se transfunde en un mínimo de sustancia y aun sin ella, por la danza, por la mímica, de la que nace el teatro; por la representación que no es invención, ni pretende suplir a verdad alguna; por la representación de lo que es y que sólo así se da a conocer, no en conceptos, sino en presencia y figura; en máscara que es historia. Signo del ser que se da en historia. La pasión de la vida que irremediablemente se vierte y se sobrepasa en historia. Y que se embebe sólo en la muerte. El dios que se derrama, que se vierte siempre, aun cuando en los "Ditirambos" se de en palabras. Las palabras de estos sus himnos siguen teniendo grito, llanto y risa al ser expresión incontenible. Expresión que se derrama generosa y avasalladoramente.

Del libro Claros del bosque
María Zambrano
(22 abril 1904 - 6 febrero 1991)

Encuentro

Encuentro

Estas colinas duras que han formado mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
de aquella que no sabe que la vivo y no llego a entenderla.

Me la encontré una noche: una mancha más clara
bajo las inciertas estrellas, en la oscuridad del verano.
Percibíase en torno la fragancia de estas colinas
más profunda que la sombra y de repente sonó
como si saliera de estas colinas, una voz más limpia
y áspera, a la vez, una voz de tiempos perdidos.

Alguna vez la veo, y se pone ante mí
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca he podido asirla: su realidad
cada vez se me escapa y me lleva más lejos.
Si es bella, no lo sé. Es joven entre las otras:
me sorprende, al imaginarla, un lejano recuerdo
de mi infancia vivida entre estas colinas,
tan joven es. Semeja la mañana. Me muestra en los ojos
todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.
Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia
que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.

La he creado del fondo de todas las cosas
que me son más queridas, y no llego a entenderla.


De Lavorare Stanca (Trabajar cansa)
Cesare Pavese

André Cruchaga

André Cruchaga

Inmensa pesadez de los sentidos

Montaña oscura el mármol que alumbra
En la apretada música
Desnuda que me invade el aliento

El cuerpo fija
Los labios en las piedras

Hombre de carne y lágrima

Alzado mar en las sienes
De oriente a poniente

De norte a sur la hoja que absorbe entera
Voz infinita la luz que grita
A la sorda pluma del pájaro
Que desata ecos salpicada de centellas

Lejos la turgencia del deseo
Es sólo esa efímera embriaguez de los sentidos
Que en nada vulnera
La garganta azul del silencio.


Del poemario Lectura del silencio
de André Cruchaga (El Salvador, 1957)

La bodrioteca de Sturgeon

La bodrioteca de Sturgeon

La bodrioteca de Sturgeon la componen el 90% de los libros que se publican (no hay datos respecto a lo que no se publica, pero es coherente pensar que el porcentaje sea parecido).
La figura del bodriotecario, entonces, resultaría innecesaria, a no ser por un perverso instinto que nos empuja a la búsqueda de libros que, bien lo sabemos, nada han de aportarnos. Pero la fe en la incapacidad del sistema es nuestra guía: Ocasionalmente, un error burocrático provoca la presencia de un libro valioso en las vastas estanterías de la bodrioteca. La búsqueda de dicho volumen -cuyo título ignoramos- puede llevar toda una vida, y acaso justificarla. Pero nada asegura la existencia de dicho libro, ni el éxito de nuestra descabellada empresa.


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A

A

Aberración: Cualquier desviación observable en otra persona con respecto al modo de pensar que uno mismo posee. No constituye por sí sola un síntoma de locura.
Abogado: Alguien especializado en zafarse de la ley.
Aborígenes: Personas de poca valía cuya presencia destruye la tierra de continentes recientemente descubiertos, si bien pronto dejan de destruirla para pasar a fertilizarla.
Abstemio: Persona débil que sucumbe a la tentación de negarse un placer a sí mismo. Un abstemio total es aquel que se abstiene de todo menos de la abstención y especialmente del no participar en los asuntos de otros.
Acusado: En derecho, persona servicial que dedica su tiempo y personalidad a acumular bienes para su abogado.


Del libro Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce .

Algunos cuentos de Ambrose Bierce :
El puente sobre el río del búho
Un habitante de Carcosa

Retorno de Salvatore Quasimodo

Retorno de Salvatore Quasimodo

Vienes, llegas, amigo a quien conocí un día
allá en Polonia, hablando
del combate del hombre
por alcanzar alguna vez el premio
de amanecer, tranquilo, en paz el mundo.
Vienes, vuelves a mí, retornas hoy en esta
última luz romana,
con un imperceptible cuchillo en la sonrisa,
aquella leve gracia del sur, dispuesta siempre
a convertirse en fiero llanto, en ira
contra la dura faz de nuestro tiempo.
Aquí estás vivo junto a mí. Es la hora
del atardecer. Mira.
Va a entrar la noche ya.
Pero la sombra a ti no te oscurece.
La iluminas tú. Canta.


Poema de Rafael Alberti
recogido en el libro Canciones del Alto Valle del Aniene

Una sombra ya pronto serás

Una sombra ya pronto serás

Volvió a llover durante la noche y al despertar descubrí en el cielo un color como no había visto nunca. Desde la ventana parecía una serpentina suspendida sobre la llanura. La curva envolvía las estrellas y de ese lado del cielo llegaba una sinfonía lánguida arrastrada por el viento. Me vestí y salí al patio. Para mí, esa hora y esa luz habían sido siempre de partida y de presagio. El Jaguar y el Mercury seguían allí, pero el colectivo se había ido llevándose las carpas. Detrás de la oficina del Automóvil Club pasaba un alambrado que se perdía a la distancia y protegía un mundo que me era ajeno y hostil. De pronto recordé que había soñado con eso: Un laberinto asfixiante en el que por más que caminara siempre estaba en el mismo lugar. Algo me atrajo, quizá la incertidumbre o mi propio miedo, y me largué a correr hacia cualquier parte.

Así comienza el capítulo 15 de la novela Una sombra ya pronto serás,
del escritor argentino Osvaldo Soriano, que murió el 29 de enero de 1997
en Buenos Aires.
El penal más largo del mundo (un cuento de Osvaldo Soriano)
El hijo de Butch Cassidy (un cuento de Osvaldo Soriano)
Cristina Castello entrevista a Osvaldo Soriano
Nota sobre Soriano y un cuento

Dino Buzzati

Dino Buzzati

Él era el Dictador y, pocos minutos antes había finalizado en la Sala del Supremo Konzern, el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual, la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría; por lo cual, Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas; Esto Por El Tributo De Honor.
Había llegado, pues, a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. ¡A los cuarenta y cinco años, el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con la violencia, según es uso y costumbre, sino con el trabajo, la fidelidad, la austeridad, el sacrificio de los esparcimientos, de las carcajadas, de los goces físicos y de las sirenas mundanas. Estaba pálido y llevaba gafas; sin embargo nadie estaba por encima de él. Asimismo, se sentía un poco cansado. Pero feliz.


Fragmento del cuento ¿Y si?, del escritor italiano Dino Buzzati
Descargar cuento completo
Otros cuentos de Dino Buzzati:
Algo había sucedido
La capa
Los siete mensajeros

Gonzalo Torrente Ballester

Gonzalo Torrente Ballester

El 27 de enero de 1999 fallecía en Salamanca
el escritor Gonzalo Torrente Ballester.
Le recordamos con un fragmento de su novela
Las islas extraordinarias

La realidad y el mundo entero cambiaron para mí a partir del momento en que un desconocido, que no quiso decir quién era, me propuso contratarme, no sólo para salvaguardar la vida de cierto magnate de la política cuyo nombre prácticamente desconocía, por ser minúsculo el país que gobernaba, sino para descubrir y desbaratar, o, por lo menos, ayudar a hacerlo, una conspiración difusa y casi misteriosa contra su vida y su sistema. Este hombre que vino a verme, y que se presentó como un mandado, era un tipo sin características especiales, aunque con ciertas inflexiones dulces en la voz que lo hacían atractivo. Cuando comprendió que mi actitud de reserva comenzaba a ablandarse, puso encima de la mesa una importante cantidad de dinero, que sacó de una cartera de mano, como argumento o empujón definitivo para ayudar a mi voluntad, menos vacilante ya que al comienzo de la entrevista, y al ver que yo lo contemplaba con cierta codicia, lo empujó hacia mí, y me dijo que ya era mío, a condición de que dijera que sí.
Las islas extraordinarias
Gonzalo Torrente Ballester

Sombras

Sombras

¿No veis, de vez en cuando,
alguna sombra que cruza?
Sombras, sí, sombras que deambulan a nuestro alrededor; sombras sin nadie que acaso sólo tratan de atraer nuestra atención para evadirse siquiera un instante a su funesta condición de espectros dolientes, o esas otras, violadas por los dioses de la decepción, que intentan rozarnos en su ciego tránsito para arrastrarnos a ese mundo suyo de irrealidades, o de realidades intangibles que nunca seríamos capaces de comprender. Pero en todo caso, sombras que habitan entre nosotros sin desvelar su naturaleza, su nombre, su cifra; sombras que nos conocen y escuchan los latidos de nuestros corazones, que en las noches insomnes se acurrucan en los rincones; sombras que sólo toman cuerpo entre los pliegues del sueño o en los incomprensibles recovecos del tiempo... Sombras que acaso sólo estén mirándose en el espejo de nuestra inconsistencia, sombras como nosotros, fugaces sombras que apenas existimos...
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Invitacion al vómito

Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres,
turbios gritos de espanto,
vocablos carcomidos;
sobre esta nauseabunda iniquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.
Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
ante esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo estentoreo
y esta senil orgía de egoismo prostático:
lacios coagulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío,
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.


Del libro Persuasión de los dias
Oliverio Girondo, fallecido en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.
Más poemas de Oliverio Girondo

1984

1984

Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento.

Fragmento de 1984, novela de George Orwell , fallecido el 21 de enero de 1950.
Novela completa
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