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Hijos de la tierra

Hijos de la tierra

Parece como si el mundo caminase de espaldas
hacia la noche enorme de los acantilados.
Que un hombre, a hombros del miedo, trepase por las faldas
hirsutas de la muerte, con los ojos cerrados.

Europa, amontonada sobre España, en escombros;
sin norte, Norteamérica, cayéndose hacia arriba;
recién nacida, Rusia, sangrándole los hombros;
Oriente dando tumbos; y el resto, a la deriva.

parece como si el mundo me mirase a los ojos,
que quisiera decirme no sé qué, de rodillas;
alza al cielo las manos, me da a oler sus manojos
de muertos, entre gritos y un trepidar de astillas.

El mar, puesto de pie,
le pega en la garganta con un látigo verde;
le descantilla; de repente,
echando espuma por la boca le muerde.

Parece como si el mundo se acabase, se hundiera.
Parece como si dios, con los ojos abiertos,
a los hijos del hombre los ojos les comiera.
(No le bastan -parece- los ojos de los muertos.)

Europa, a hombros de España, hambrienta y sola;
los estados de América, saliéndose de madre;
la bandera de Rusia, oh sedal de ola en ola;
Asia, la inmensa flecha que el futuro taladre.

¡Alzad al cielo el vientre, oh hijos de la tierra;
salid por esas calles dando gritos de espanto!
Los veintitrés millones de muertos en la guerra
se agolpan ante un cielo cerrado a cal y canto.


Del poemario Redoble de conciencia
Blas de Otero
(15/03/1916 -- 29/06/1979)

Carmen González Huguet

Carmen González Huguet

Lejos quiero morir de este relámpago,
de la amabilidad quieta del fuego.

Lejos de la bondad de las manzanas,
de la dulzura azul de los silencios,
de la inminente luz de la sonrisa.

Lejos, lejos.
Quiero beber distancia. Entre nosotros
todo un mundo de aire impenetrable.
Quiero la paz cobarde
de agonizar sin pausa en la distancia,
lejos de la batalla de los labios.

Lejos quiero morir.
Nadie alimente
este hambre de sentir. Si ahora tengo
que continuar muriendo entre las sombras,
si la luz es mi vida,
quiero horadar la noche más cerrada.

Otros guarden el sol. Con avaricia
déjense poseer por su belleza
y la odiosa alegría inconsecuente
de los amaneceres.

Oscura,
oscura y sola,
lejana, silenciosa.
Desde hoy,
regalo esta avidez por las palabras.


Poema de Carmen González Huguet, (El Salvador, 1958)
Aquí puedes descargar un e-book de Carmen González Huguet con trabajos como Locuramor, Palabra de Diosa, Vértigo o La Enemiga

José Antonio Labordeta

José Antonio Labordeta

Quiero llegar al mar para salvarme

Quiero llegar al mar para salvarme
quiero llegar al mar
que desconozco para huir de la furia
del árbol y la piedra
quiero llegar al mar inalcanzable
para seguir aquí
con la esperanza de huir eternamente
un día la mar de tierra y horizonte
que crece dicen al final de mi calle
sin salida.
Quiero huir hacia el mar
que tengo cobijado
en mi profundo corazón tan solitario.


Poema de José Antonio Labordeta, que hoy cumple 69 años.

Día de la mujer trabajadora

Día de la mujer trabajadora

Vengo esta noche a cantarte, compañera,
desde el fondo tenaz de mis entrañas,
un son de lucha mineral y centenaria.

Vengo a cantarte, hermana, con mi sangre,
para empaparla en tu sangre derramada.

Se apaga tras los siglos ya la noche
en que atada, escarnecida y olvidada,
te dejabas morir junto al fogón prendido
sin un gesto de fuga en la mirada.

Van muriendo las horas solitarias
en que la casa insoportablemente muda
te cercaba por doquier con los recuerdos
inasibles del tiempo sumergido
en tardes de ventanas y nostalgias.

Tuyos son los amaneceres que vendrán,
tuyo el cántaro preñado de futuros
tuyo el azul sortilegio de los días
que se vislumbran en el horizonte.

Tuya es el arma que abre las compuertas
de un alba que a los cielos amenaza.
Tuyo es el campo virgen que se extiende
ante el ojo sorprendido de los ángeles.

Es tu hora, compañera, hermana,
la hora del candente itinerario
que te lleve, magnífica, a la aurora.
Es la hora del verbo desatado:
Canta, ruge, grita, resucita
el fuego que se esconde en tus pupilas
y lánzalo como un heraldo del mañana.

Más textos de Sergio Borao Llop

Adolfo Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares

Lo más extraño de todo esto es que en el centro de la obsesión de Gauna estaba la aventura de los lagos y que para él la máscara era sólo una parte de esa aventura, una parte muy emotiva y muy nostálgica, pero no esencial. Por lo menos esto era lo que había comunicado, con otras palabras, a Larsen. Tal vez quisiera restar importancia a un asunto de mujeres. Hay indicios que sirven para confirmar la afirmación; lo malo es que también sirven para contradecirla, por ejemplo en Platense declaró una noche: "Todavía va a resultar que estoy enamorado". Para hablar así ante sus amigos, un hombre como Gauna tiene que estar muy ofuscado por la pasión. Pero esas palabras prueban que no la oculta.

Fragmento de la novela El sueño de los héroes, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares, fallecido el 8 de marzo de 1999.
Cuentos de Adolfo Bioy Casares:
La trama celeste
En memoria de Paulina

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.

Fragmento del relato Alguien desordena estas rosas, perteneciente al libro de cuentos Ojos de perro azul, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, nacido el 6 de marzo de 1928 en Aracataca.
Más textos de Gabriel García Márquez

El día de mi muerte

El día de mi muerte

En una ciudad, Trieste o Udine,
por una avenida de tilos,
en primavera cuando cambian
de color las hojas...
uno ha vivido,
con la fuerza de un hombre joven,
en el corazón del mundo,
y les daba, a los pocos
hombres que conocía, todo.

Después, por amor de los que eran jovencitos
con el mechón en la frente,
como él -hasta poco antes
de que sobre su cabeza las estrellas
cambiasen su luz-
hubiera querido dar la vida por todo
el mundo desconocido,
él, desconocido, pequeño santo,
semilla perdida en el campo.

Y en cambio ha escrito
poesías de santidad,
creyendo que así
el corazón se engrandecía.
Los días pasaron
en un trabajo que le ha arruinado
la santidad del corazón:
la semilla no ha muerto,
y él ha quedado solo.


De La nueva juventud
Pier Paolo Pasolini

Bolonia 5 de marzo de 1922 ---- Roma 2 de noviembre de 1975

Santuario

Santuario

Hay un lugar sagrado (el corazón humano)
repleto de demonios y arcángeles y vísperas,
repleto de cadáveres y niñas de ojos negros
que invitan a la vida.

Un palpitante santuario carente de sacerdotes.
Un templo misterioso lleno de extraños ritos
que acaso asustarían a los posibles visitantes.

Mas aquí no hay turistas ni peregrinos;
es un lugar callado y solitario
cuyas puertas se entreabren muy raramente
a vientos desconocidos.

Ocurren entonces fenómenos inexplicables,
como la floración y la música
y el vuelo de gorriones y de alondras y musas.

Pero al final de la estación
la puerta termina por cerrarse
con un sordo chasquido
y todo cesa.

Excepto la desconcertante salmodia
que va retumbando por todo el ámbito
de la catedral en llamas.
+ + +

Para que mediten los jinetes

Para que mediten los jinetes

Si bien se piensa, no es tan envidiable ser vencedor en una carrera de caballos.
La gloria de ser reconocido como el mejor jinete de un país marea demasiado, junto al estrépito de la orquesta, para no sentir a la mañana siguiente cierto arrepentimiento.
La envidia de los contrincantes, hombres astutos y bastante influyentes, nos entristece al atravesar el estrecho pasaje que recorremos después de cada carrera y que pronto aparece desierto ante nuestra mirada, exceptuando algunos jinetes retrasados, que se destacan diminutos sobre el borde del horizonte.
La mayoría de nuestros amigos se apresuran a cobrar sus ganancias y sólo nos gritan un lejano y distraído "¡hurra!", volviéndose a medias, desde las alejadas ventanillas; pero los mejores amigos no apostaron nada a nuestro caballo porque temían enojarse con nosotros si perdíamos; pero ahora que nuestro caballo venció y ellos no ganaron nada, se vuelven cuando pasamos a su lado y prefieren contemplar las tribunas.
Detrás de nosotros, los contrincantes, afirmados en sus cabalgaduras, tratan de olvidar su mala suerte y la injusticia que en cierto modo se ha cometido con ellos; tratan de contemplar las cosas desde un nuevo punto de vista, como si después de este juego de niños debiera comenzar otra carrera, la verdadera.
Muchas damas consideran burlonamente al vencedor, porque parece hinchado de vanidad y, sin embargo, no sabe cómo encarar los interminables apretones de manos, congratulaciones, reverencias y saludos desde lejos, mientras los vencidos se callan y acarician ligeramente las crines de sus caballos, muchos de los cuales relinchan.
Finalmente, bajo un cielo entristecido, empieza a llover.


Del libro La Condena
Franz Kafka

EOM 27

EOM 27

Ya está en la red el nº 27 de la revista EOM con sus habituales secciones:
Agua
Roberto Guidotti, Fabio Borquez, Juan Barbagelata, Antoni Cortadella y B. del M.
Aire
Amparo Arróspide, Robert Desnos (Traducido por Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán), Nicola Napolitano (Traducido por Carlos Vitale), Alberto Goytre, Jorge Castillo Fan, Silvia Favaretto y David Villota
Tierra
Juan Diego Incardona, Ennio Flaiano, Paz Sanz, Manuel Garrido Palacios, Araceli Otamendi, Víctor Montoya, Betuel Bonilla y Heider Rojas
Fuego
Claudio Obregón Clairin, Marcos Winocur, Manuel Garrido Palacios, Mercedes Serna, Carlos Giménez Soria, Manuel Quiroga Clérigo y Manuel José de Lara Ródenas.
En la imagen, Chiloé, vista por Fabio Borquez.

Arturo Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri

Al principio fue como una neblina de humedad, como un vaho gris y amenazante que volaba en el aire manchando el cielo, cerrando el horizonte, esfumando los árboles. Después se acostumbraron a aquella gigantesca presencia del humo de la fábrica en el cielo del campo, como se acostumbraron al ambiente mecánico, al ruido de las máquinas, a las horas sin forma y al angustioso quejido de la sirena.
Pasaron del olor del surco al del aceite, del movimiento de los bueyes al de las bielas, de las señales profundas de la naturaleza a los relojes y los manómetros.
Tenían el aspecto de haber contraído una enfermedad monótona y tediosa, habían olvidado el idioma de los animales y el ritmo de las cosechas.


Fragmento del cuento Humo en el paisaje, perteneciente al volumen Barrabás y otros cuentos, del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri , fallecido el 26 de febrero de 2001.
Barrabás

Notre-Dame de París

Notre-Dame de París

Cuando, después de haber subido a tientas durante mucho tiempo por la tenebrosa espiral que atraviesa perpendicularmente la espesa muralla de campanarios, se desembocaba por fin en una de las dos plataformas inundadas de luz y de aire, el cuadro que por todas partes se extendía bajo los ojos era bellísimo: un espectáculo sui generis del que sólo pueden hacerse una idea aquellos lectores que hayan tenido la fortuna de ver una villa gótica entera, completa, homogénea como todavía existen algunas en Nuremberg, en Baviera, Vitoria, en España, o incluso algunas muestras más reducidas, siempre que estén bien conservadas, como Vitré en Bretaña o Nordhausen en Prusia.
Aquel París de hace trescientos cincuenta años, el París del siglo XV, era ya una ciudad gigante. Generalmente, los parisinos nos equivocamos con frecuencia acerca del terreno que desde entonces creemos haber ganado. París, desde Luis XI, apenas si ha crecido un poco más de una tercera parte; claro que también ha perdido en belleza lo que ha ganado en amplitud. París nació, como se sabe, en esa vieja isla de la Cité, que tiene forma de cuna, siendo sus orillas su primera muralla y el Sena su primer foso.


Fragmento de la obra Notre-Dame de París, original de Victor Hugo, nacido en Besançon el 26 de febrero de 1802.

El tiempo, el implacable, el que pasó

El tiempo, el implacable, el que pasó

El tiempo, el implacable, el que pasó,
siempre una huella triste nos dejó,
qué violento cimiento se forjó,
llevaremos sus marcas imborrables.

Aferrarse a las cosas detenidas
es ausentarse un poco de la vida.
La vida que es tan corta al parecer
cuando se han hecho cosas sin querer.

En este breve ciclo en que pasamos
cada paso se da porque se sienta.
Al hacer un recuento ya nos vamos
y la vida pasó sin darnos cuenta.

Cada paso anterior deja una huella
que lejos de borrarse se incorpora
a tu saco tan lleno de recuerdos
que cuando menos se imagina afloran.

Porque el tiempo, el implacable, el que pasó,
siempre una huella triste nos dejó.


Canción de Pablo Milanés, que hoy cumple 61 años.

John Keats

John Keats

Soneto
¿Por qué reí esta noche? ninguna voz lo dice;
ningún dios ni demonio de severa respuesta
se digna replicar desde cielo o infierno.
Así, a mi corazón humano me dirijo:

¡Corazón! Tú y yo estamos aquí tristes y solos;
escúchame: ¿por qué reí? ¡Oh dolor mortal!
¡Oh tiniebla, tiniebla! Siempre habré de gemir
interrogando a Cielo, Infierno y Corazón.

¿Por qué reí? Este plazo de ser que se me ha dado
lleva mi fantasía a sus más altas dichas;
pero acabar querría hoy mismo, a medianoche,

viendo rotas las claras banderas de este mundo:
verso, fama y belleza son mucho, ciertamente,
pero la muerte es más: el premio de la vida.


Soneto del poeta romántico John Keats, fallecido el 23 de febrero de 1821.
(Traducción de J.Mª Valverde)

Una España joven

Una España joven

... Fué un tiempo de mentira, de infamia. A España toda,
la malherida España, de carnaval vestida
nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda,
para que no acertara la mano con la herida.
Fué ayer; éramos casi adolescentes; era
con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios,
cuando montar quisimos en pelo una quimera,
mientras la mar dormía ahita de naufragios.

Dejamos en el puerto la sórdida galera,
y en una nave de oro nos plugo navegar
hacia los altos mares, sin aguardar ribera,
lanzando velas y anclas y gobernalle al mar.

Ya entonces, por el fondo de nuestro sueño -herencia
de un siglo que vencido sin gloria se alejaba --
un alba entrar quería; con nuestra turbulencia
la luz de las divinas ideas batallaba.

Mas cada cual el rumbo siguió de su locura;
agilitó su brazo, acreditó su brío;
dejó como un espejo bruñida su armadura
y dijo: "El hoy es malo, pero el mañana ... es mío".

Y es hoy aquel mañana de ayer... Y España toda,
con sucios oropeles de carnaval vestida
aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda;
mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.

Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura,
despierta y transparente a la divina lumbre,
como el diamante clara, como el diamante pura.

Una España joven , poema de Antonio Machado, fallecido el 22 de febrero de 1939.
Más poemas de Antonio Machado

Al borde del asfalto

Al borde del asfalto

Nace la primavera al borde del asfalto.
Las ruedas marcan el rostro del destino.
La carretera es nuestro hogar, nuestra bandera,
la ilusión que nos empuja y nos somete.

La nieve, la noche, el mar, la niebla,
rematan el azaroso rumbo de la ruta.

Hay pueblos que atravesar, gasolineras,
campos yermos, rías, insólitos paisajes
que parecen salidos de los sueños.

Hay ciudades que albergan el peso de los siglos,
pétreas murallas y árboles magníficos,
palacios y jardines que colman la retina,
vastas catedrales y amplios parques, plazuelas
plenas del encanto de otro tiempo.

Y en el centro de todo, tú, mi compañera de viaje,
con una sonrisa nueva en los bolsillos
y una canción azul entre tus labios
que inventan primaveras al borde del asfalto.

+ + +

La Ventana Indiscreta

La Ventana Indiscreta

Otra vez esas radios extranjeras
vomitan contra España su veneno.
Salimos ahora al paso de ese trueno
explicando las cosas verdaderas.
No ha habido tal señor defenestrado
ni se empleó en su trato la tortura.
Tratósele con tacto y con dulzura.
Se le invitó a pasar a lo vedado.
Saludóselo allí con cortesía.
Preguntósele por sus actividades
de manera correcta y muy humana.
Díjonos su opinión de la amnistía.
Dijímosle después nuestras verdades.
Y arrojóse sin más por la ventana.


Poema satírico sobre la "tentativa de suicidio" (ese fue el dictamen del cinismo franquista) de Julián Grimau mientras era interrogado en la dirección general de seguridad.
Lo escribió el dramaturgo madrileño Alfonso Sastre,
nacido el 20 de febrero de 1926.
Mensaje de Alfonso Sastre en el Día Mundial del Teatro
Teresa Sala entrevista a Alfonso Sastre

Hambre

Hambre

Nuevamente había ido para sentarme a un cementerio y había escrito un artículo para un periódico. mientras estaba trabajando allí dieron las diez, la noche cayó e iban a cerrar las puertas. Tenía hambre, mucha hambre. Desgraciadamente, las diez coronas sólo habían durado poco tiempo. Ya hacía dos, casi tres días, que no comía nada, y me sentía deprimido; hasta sostener el lápiz me fatigaba. Tenía en el bolsillo la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un cuarto.
Cuando cerraron la puerta del cementerio, debí haberme ido derecho a casa, pero vagué todavía algún tiempo. Me inspiraba un terror instintivo mi cuarto, tan tétrico y vacío: un taller abandonado de hojalatero, donde se me permitía vivir provisionalmente. Deambulé al azar, pasé ante el Depósito, bajé hasta el mar y fui a sentarme en un banco, en el muelle del ferrocarril.


Fragmento de la novela Hambre , del escritor noruego Knut Hamsun , fallecido el 19 de febrero de 1952.

Los ojos de la reina

Los ojos de la reina

No bien supe por aquella breve noticia de periódico matinal que, según la consabida fórmula, Mr. Neale Skinner había "fallecido inesperadamente, víctima de una repentina enfermedad", cuando se me impuso con dominante nitidez la causa del suceso: Mr. Neale se ha suicidado por "esa" mujer.
Impresión a la vez dolorosa e indignada ante el prematuro fin de una vida útil y de una amistad ya excelente, si bien muy retraida ahora último por aquella fatal aventura.
Tenía apenas el tiempo suficiente para vestirme y acudir a la casa de huéspedes donde el malogrado ingeniero residió desde su incorporación al Ministerio de Obras Públicas, pues la noticia indicaba que el cortejo se pondría en marcha a las diez.


Fragmento de Los ojos de la reina, cuento del escritor argentino Leopoldo Lugones , que se suicidó el 18 de febrero de 1938.

Poemas de Leopoldo Lugones
Cuentos de Leopoldo Lugones

La cueva de la mora

La cueva de la mora

Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante. (texto completo)

Fragmento de la leyenda La cueva de la mora, de Gustavo Adolfo Bécquer, nacido en Sevilla el 17 de febrero de 1836.