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El alba sin espejos

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Ahora en Amazon. Disponible para tu Kindle.

El alba sin espejos

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Desiertos que habité, oasis que entreví

Desiertos que habité, oasis que entreví

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Desiertos que habité, oasis que entreví


Versos sin bandera

Versos sin bandera

Ediciones Tusitala publica Versos sin bandera, antología poética donde participan veinte poetas de Colombia y España. El libro, de precio reducido, se puede adquirir a través de la página de Tusitala.

Los poetas participantes:

Adelnide Giraldo
Alberto García-Teresa
Ángel Padilla
Blanca Libia Herrera Chaves
David Jasso
Fernando Sarría Abadía
Gonzalo Escalante Arias
HoracioVé Giraldo Rivera
Ignacio Rodríguez Montealegre
Isabel Pérez Montalbán
Jesús Castillo
Luis Dionis Minguillón
Luis Eduardo Londoño Cardona
Luis San Andrés Malo
María Ángeles Maeso
Mauricio Polanía Torres
Nelly Arias de Ossa
Ómar García Ramírez
Óscar Bribián Luna
Sergio Borao Llop

En fechas recientes, Tusitala también ha editado el nº 7 de la revista Sable, así como Íncubo, un libro de relatos en italiano.

La explanada

La explanada

Por la tarde, mientras nuestros padres iban perdiendo la vida en el barullo de los destajos y de las horas extras, mientras nuestras madres fatigaban sus espaldas haciendo cualquier clase de faenas en casas ajenas o remendaban con fervor los ya remendados harapos que nos servían de vestimenta, nosotros, sus amados hijos, nacidos por quién sabe qué incomprensible razón, deambulábamos aburridos por las calles, hastiados del tedio familiar, de la repetición constante de gestos, conversaciones, reconvenciones y silencios que formaban una interminable serie de secuencias idénticas. Recorríamos sin mayor convicción las angostas callejas del Barrio o las anchas y relucientes avenidas de la zona residencial cercana, repletas de deslumbrantes rótulos de neón y de gigantescos escaparates llenos de aquellos juguetes tan lindos y tan caros que, por inalcanzables, nos hundían aun más en nuestra indeseada condición de niños pobres, de escoria social largamente marginada.

Nuestro Barrio era el más humilde de toda la ciudad. Vivíamos en casas de cuatro o cinco pisos, mal iluminadas, contaminadas por un extraño olor cuya procedencia nadie conocía y que nunca terminaba de desaparecer. Algunas de ellas presentaban tales signos de deterioro que a nadie hubiese sorprendido su repentino desmoronamiento. Pero nosotros, niños, en nuestra alevosa inocencia, no nos percatábamos de lo penoso de nuestra situación. Teníamos un techo, comida y cariño. Eso nos bastaba. Era casi el paraíso para nosotros que todos los días presenciábamos, al caer la tarde, a todas esas gentes que se hacinaban en chabolas hechas de cartón, hojalata y barro, o en el mejor de los casos, con maderas procedentes de muebles viejos, a menudo podridas, arrebatadas al camión de la basura.

Cuento completo en Letralia

Beatriz Alicia García

Beatriz Alicia García

Deambulo en la casa vacía,
la que no me espera,
como una pesadilla interminable,
me hago a su aire de respiraciones entrecortadas,
a su espesa niebla acariciándome.
Alguien me casó con ella,
me puso un anillo oscuro
con la cara hacia la muerte.

 

Poema de Beatriz Alicia García, incluido en el libro Lugares olvidados, antología poética de la autora, editado por Monte Ávila.

 

Pedro M. Martínez

Pedro M. Martínez

Ahora sé que el diario me llamó aquella tarde. Las primeras páginas me desalentaron al ver, como ya he comentado, que estaban en inglés, pero pronto vi los dibujos. Diseñados en esquema al carboncillo y luego coloreados con minuciosidad, representaban símbolos, un paisaje con árboles, un pequeño estanque —que se repetía desde distintas perspectivas— y decenas de pequeños retratos, algunos inacabados, de una bellísima mujer de largos y dorados cabellos, algunas veces sujetos a su cabeza por una fina cinta o diadema. Las anotaciones en algunos de los dibujos no dejaban lugar a la duda: aquel inglés había recogido con extraordinaria precisión y detalle el mito de una xana.
El descubrimiento hizo que el corazón se me acelerara y apareciera un nudo en la boca de mi estómago. Poco antes de que D.ª Elisa entrara de nuevo en la biblioteca, impertérrita detrás de sus ojos azules, y me dijera que debía de marcharme, había contado ya cinco extraños símbolos completamente desconocidos y cinco letanías o conjuros escritos en gaélico; Wallcott había escarbado hasta lo más profundo del mito y durante decenas de años sus descubrimientos me habían estado esperando.


Fragmento del relato Hilo de oro, perteneciente al libro Nunca llueve sobre el Sáhara, de Pedro M. Martínez, director de la revista digital Almiar. La presentación del libro tendrá lugar mañana, 12 de marzo, a las 20,00 h. en la Champanería María Pandora.

Norma Segades-Manias

Norma Segades-Manias

¿Qué arcángeles rompieron sin clarines el tiempo de las crías enlunadas? ¿Qué arena concluyendo, qué clepsidras detuvieron su libertad magnánima y arrojaron al hueco de la noche las convexas fatigas del destino a encender agonías en las playas? ¿Qué jinetes de sombra, apocalípticos, cercenaron los sellos primordiales con los bordes sangrantes de sus dagas? ¿Por qué razón encallan los crepúsculos, en los eclipses de ojos desdichados, así como las quillas del olvido contra arrecifes de memorias largas? Sólo la sal quebrada en las rompientes conoce de los místicos rituales, sólo la soledad de las espumas saben del holocausto, el fuego, el ara.

Rituales en la arena
texto de Norma Segades-Manias , que acaba de publicar en formato blog estos tres libros:

Historias para Tiago
Bitácora del viento
A solas con la sombra
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Mika Waltari

Mika Waltari

Sólo un trozo de papel plegado. Lo trajo por la mañana un vendedor de baratijas. "En la iglesia de los Santos Apóstoles, esta tarde." Nada más.
A mediodía anuncié a mi criado que iba al puerto y le mandé limpiar la bodega. Antes de salir cerré la puerta trampa para que no pudiese seguirme. Hoy no quería espías.
La iglesia de los Santos Apóstoles se alza en la colina más alta del centro de la ciudad. Su elección como lugar de la cita era todo un acierto, pues sólo había allí unas pocas mujeres enlutadas, sumidas en sus oraciones ante las barandillas de los sagrados iconos. Mi atavío no llamó la atención, pues a menudo visitan la iglesia marinos latinos para ver las reliquias y las tumbas de los emperadores. Justo a la derecha de la puerta, y rodeado por una simple barandilla de madera, se halla un fragmento de la columna a la cual ataron a nuestro Salvador cuando fue flagelado por la soldadesca romana.
Transcurrieron dos horas interminables, pero nadie pareció reparar en mi presencia. En Constantinopla el tiempo ha perdido su significado. Las mujeres entregadas a sus plegarias se habían despegado del mundo para sumirse en el éxtasis. Cuando se incorporaron, sus rostros tenían la expresión de quien acaba de despertar de un sueño, para adquirir luego la inefable melancolía de todo cuanto vive en esta moribunda ciudad. Se cubrieron con sus velos y salieron con la mirada baja.
En contraste con el frío exterior, el calor del templo resultaba muy agradable. Por debajo de las losas de mármol había canales por los que corría aire caliente, según el antiguo sistema romano. La escarcha que cubría mi alma acabó por fundirse.


Fragmento de la novela El ángel sombrío , de Mika Waltari , nacido en Helsinki el 19 de septiembre de 1908.

El 19 de septiembre de 1911 nacía William Golding
El 19 de septiembre de 1985 fallecía Italo Calvino

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Andrea Camilleri

Andrea Camilleri

Sin que previamente se hubiera debilitado o hubiera adquirido un tono amarillento, la luz de la linterna se apagó de golpe; se había gastado la pila. Montalbano se quedó por un momento deslumbrado y no consiguió orientarse. Para no causar daños, se sentó sobre la arena a la espera de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. En determinado momento, entrevería sin duda la tenue claridad de la boca del pasillo. Sin embargo, le bastaron unos pocos segundos de silencio y de oscuridad absoluta para percibir un olor inusual que estaba seguro de haber aspirado en otra ocasión. Trató de recordar dónde, aunque la cosa no tuviera importancia. Puesto que ya de niño le atribuía espontáneamente un color a todos los olores que le llamaban la atención, se dijo que aquél era de color verde oscuro. Tras haber establecido la asociación de ideas, recordó en qué lugar lo había percibido por vez primera: había sido en El Cairo, en el interior de la Pirámide de Keops, en un pasillo prohibido a los visitantes, que la amabilidad de un amigo egipcio le había permitido recorrer sólo a él. De golpe, se sintió una basura, un hombre incapaz de respetar nada. Por la mañana, al sorprender a los dos jóvenes que hacían el amor, había profanado la vida; y ahora, delante de dos cuerpos que hubieran tenido que permanecer ignorados en su abrazo por siempre jamás, había profanado la muerte.

Fragmento de la novela El perro de terracota , de Andrea Camilleri , nacido en Sicilia el 6 de septiembre de 1925.

El 6 de septiembre de 1900 nacía Julien Green
El 6 de septiembre de 1921 nacía  Carmen Laforet

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Arthur Koestler

Arthur Koestler

Las palabras habían quemado su lengua, pero la tentación no había durado más que un momento; después, cuando empezó a pronunciar su último discurso, la campana del silencio se había hundido otra vez sobre él. Reconoció que era demasiado tarde.
Demasiado tarde para andar otra vez el mismo camino, para hollar una vez más en las sepulturas de, sus propias huellas; las palabras no podían deshacer nada.
Demasiado tarde para todos ellos. Cuando llegase la hora de aparecer por vez postrera ante el mundo, ninguno de ellos podría convertir la barra de los acusados en una tribuna; ninguno de ellos podría desgarrar el velo que cubría la verdad, revelándola al mundo, ninguno de ellos podría devolver la acusación a sus jueces, como Dantón.
Los había que estaban silenciosos por el miedo, como Labio Leporino; otros que esperaban salvar su cabeza; otros, por último, arrancar a sus mujeres o a sus hijos de las garras de los Gletkin. Los mejores de ellos guardaban silencio para prestar este último servicio al Partido, dejándose sacrificar como otras tantas víctimas expiatorias y, además, aun los mejores tenían una Arlova sobre su conciencia. Todos estaban demasiado ligados a su pasado, presos en la red que ellos mismos tejieron, según las leyes de su propia ética y lógica retorcidas; todos eran culpables, aunque no de los hechos de los que los acusaban. No había retirada posible para ellos, y su salida del escenario tuvo lugar con estricto apego a las reglas de su extraño juego. El público no esperaba cantos de cisne de ninguno de ellos. Tenían que conducirse con sujeción a lo que mandaba el libreto, y su papel era de aullar como los lobos en la noche...


Fragmento de La ficción gramatical , de Arthur Koestler , nacido en Budapest el 5 de septiembre de 1905.

El 5 de septiembre de 1914 nacía Nicanor Parra
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Ángel González

Ángel González

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Para que yo me llame Ángel González , poema de Ángel González , nacido el 3 de septiembre de 1925.

Otros poemas de Ángel González en Poesía en español
El 3 de septiembre de 1883 fallecía Ivan Turgenev
El 3 de septiembre de 1940 nacía Eduardo Galeano

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François Mauriac

François Mauriac

Esa burla de la suerte, el horror de haberse vendido por una vanidad de la cual le hurtaban hasta la misma sombra, ocupaba su espíritu por la noche y la tenía despierta hasta el alba. Aunque se distrajese con historias o con imaginaciones a veces obscenas, el fondo de su pensamiento permanecía inmutable: se debatía, toda la noche, entre las tinieblas de una fosa en la que ella misma se había precipitado y de donde sabía que no volvería a subir. Siempre la misma noche, cualquiera fuese la estación; en los viejos álamos carolinos, cerca de su ventana, las lechuzas otoñales aullaban a la luna como perros, mil veces menos odiosas que los implacables ruiseñores de la primavera. Ese mismo furor de haber sido engañada la acogía al despertar, sobre todo en invierno, a la hora en que Fräulein descorría brutalmente las cortinas. Paule, al emerger de las tinieblas, veía, a través del vidrio, árboles fantasmagóricos que agitaban en la niebla sus miembros negros bajo harapos de hojas.
Aun así, esas mañanas, cuando en el calor del lecho desierto estaba como embotada, eran lo mejor del día. El pequeño Guillaume se olvidaba voluntariamente de venir a besarla.
Con frecuencia, Paule oía que la anciana baronesa, detrás de la puerta, a media voz, urgía al niño a ir junto a su madre. Por más que detestara a su nuera, no transigía en cuanto a principios. Entonces, Guillaume se deslizaba en el dormitorio y desde el umbral observaba, en las almohadas, esa cabeza temible, esos cabellos estirados sobre las sienes que descubrían una frente estrecha, mal delineada, esa mejilla amarilla (y el lunar entre una pelusa negra) sobre la cual apoyaba ligeramente los labios...


Fragmento de la narración El mico , de François Mauriac , fallecido el 1 de septiembre de 1970.

El 1 de septiembre de 1920 nacía Hubert Lampo
El 1 de septiembre de 1942 nacía António Lobo Antunes
El 1 de septiembre de 1943 fallecía William Wymark Jacobs
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Si tengo que olvidar

Si tengo que olvidar

Si tengo que olvidar, cerrad mis ojos
y apagad los susurros de la aurora
antes del despertar de las palabras.

Si tengo que olvidar, que sea otoño,
que las hojas caídas me acompañen
y un tañido lejano interminable
me adormezca despacio, mansamente.

-Ni una sola gaviota planeará en mis playas.
Verán, viejos, mis ojos, un cerrarse de nubes
y un solemne aguacero, un crepitar de gárgolas,
una mudez de cerros.-

Si tengo que olvidar, dejadme solo
en la mazmorra de las decepciones;
borrad todos los nombres, quemad todas las fotos,
arrasad las ciudades que me vieron
y las ciudades que soñé habitables,
sacrificad los versos que compuse
y las canciones que me emocionaron.

Si tengo que olvidar, que sea octubre
que me esconda la lluvia y me seduzca
el rumor de la noche, que no cese
el ladrido del viento, que suceda
una conversación intrascendente,
que la bruma descienda sin apremio
como el fulgor de una sonrisa cómplice.

Si tengo que olvidar, cerrad mis ojos
y dejad que amanezca sin mi canto.

Si tengo que olvidar , poema de S B L

El 29 de agosto de 1810 nacía Juan Bautista Alberdi
El 29 de agosto de 1862 nacía Maurice Maeterlinck

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Borges

Borges

La historia comenzada en Bombay sigue en las tierras bajas de Palanpur, se demora una tarde y una noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado de Travancor, vacila y mata en Indaptir y cierra su órbita de leguas y de años en el mismo Bombay, a pocos pasos del jardín de los perros color de luna . El argumento es éste: Un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe -con el milagroso espanto de Robinsón ante la huella de un pie humano en la arena- percibe alguna mitigación de esa infamia: una ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los hombres aborrecibles. "Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más complejo." Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que éste ha reflejado a un amigo, o arraigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo.

Fragmento de la narración El acercamiento a Almotásim , de Jorge Luis Borges , nacido el 24 de agosto de 1899.
Poemas de Borges en Poesi-as

El 24 de agosto de 1872 nacía Max Beerbohm
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Ray Bradbury

Ray Bradbury

Porque los átomos que trabajamos con nuestras manos en la Tierra son lastimosos; la bomba atómica es lastimosa y pequeña, y nuestro conocimiento, lastimoso y pequeño, y sólo el sol sabe realmente lo que queremos saber, y sólo el sol conoce el secreto. Y además, es divertido, es un juego, es excitante venir aquí y jugar a cara o cruz, y tirar y correr. No hay motivo realmente, excepto el orgullo y la vanidad del menudo insecto que es el hombre, que espera picar al león y escapar al zarpazo. ¡Dios mío, diremos, lo hicimos! Y aquí está nuestra copa de energía, fuego, vibración, llámenlo como quieran, que animará nuestras ciudades e impulsará nuestros barcos e iluminará nuestras bibliotecas y tostará a nuestros niños y horneará nuestro pan de todos los días y hará hervir a fuego lento el conocimiento del Universo durante mil años hasta que esté bien cocido. Hombres de la ciencia y la religión, venid, ¡bebed de esta copa! Calentaos contra la noche de la ignorancia, las largas nieves de la superstición, los fríos vientos del escepticismo y el gran temor a la oscuridad que se alberga en el corazón de todo hombre. Extendamos la mano con la copa del mendigo...

Fragmento de Las doradas manzanas del sol , de Ray Bradbury , nacido el 22 de agosto de 1920.

El 22 de agosto de 1891 fallecía Jan Neruda

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Witold Gombrowicz

Witold Gombrowicz

¡No sólo molesta, sino peligrosa situación! Porque los maduros a nada tienen tanto asco como a la inmadurez, y nada les resulta más odioso. Ellos soportarán fácilmente al espíritu más destructivo a condición de que actúe dentro del marco de la madurez. No les asusta un revolucionario que combate un ideal maduro con otro ideal maduro y que, por ejemplo, destroza a la monarquía con la república o, al contrario, despedaza a la república con la monarquía. ¡Hasta lo ven con agrado cuando funciona bien el sublimado, maduro negocio! Pero si, en alguien huelen la inmadurez, si huelen al jovencito, se echarán sobre él, lo picotearán hasta matarlo, como los cisnes picotean al pato, lo aplastarán con su sarcasmo. Entonces, ¿cómo terminará todo eso? ¿Adónde llegaré por ese camino? ¿Cómo se ha originado en mí (pensaba yo) esa esclavitud de lo informe, esa fascinación por lo verde; acaso porque provenía de un país rico en seres no pulidos, primitivos y transitorios, donde ningún cuello queda bien a nadie, donde más que la melancolía y el destino son los incapaces y perezosos quienes se quedan por los campos gimiendo? ¿O puede ser porque vivía en una época pasajera que a cada rato inventaba lemas y muecas y en convulsiones retorcía su rostro de mil maneras?... El alba pálida entraba por la ventana, y yo, mientras hacía así el balance de mi vida me sacudía entre sábanas una risita indecente, roja de vergüenza, y estallaba yo en una impotente, bestial carcajada mecánica y piernal, como si alguien me hiciese cosquillas en el talón, ¡como si no fuese mi rostro, sino mi pierna la que carcajeaba! ¡Había que acabar con eso de una vez por todas, romper con la infancia, tomar la decisión y empezar de nuevo; había que hacer algo! Y entonces me iluminó de repente este pensamiento sencillo y santo: que yo no tenía que ser ni maduro ni inmaduro, sino así como soy... que debía manifestarme y expresarme en mi forma propia y soberbiamente soberana, sin tomar en cuenta nada que no fuera mi propia realidad interna. ¡Ah, crear la forma propia! ¡Expresarse! ¡Expresar tanto lo que ya está en mí claro y maduro, como lo que todavía está turbio, fermentado! ¡Que mi forma nazca de mí, que no me sea hecha por nadie! ¡La excitación me empuja hacia el papel!

Fragmento de Ferdydurke , de Witold Gombrowicz , nacido el 4 de agosto de 1904.

El 4 de agosto de 1859 nacía Knut Hamsun
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James Baldwin

James Baldwin

Un amigo europeo y yo fuimos detenidos en Broadway, en pleno día, mientras buscábamos un taxi. Él llevaba tres días en Nueva York, todavía no dominaba el inglés y yo le mostraba las maravillas de la ciudad. Estaba impresionado y aturdido, aunque también parecía preguntarse para qué servía todo aquello... Cuando, de repente, caídos del cielo o surgidos del asfalto, aparecieron dos policías de la secreta, nos separaron; apenas me dirigieron una palabra. Vi cómo mi amigo, arrastrado por el cuello de la chaqueta, desaparecía entre la multitud. Nadie parecía haberse dado cuenta; evidentemente ocurría todos los días.
Me empujaron al vestíbulo de un drugstore, me cachearon, me obligaron a vaciar los bolsillos, me obligaron a arremangarme, me preguntaron qué hacía por allí; «por allí» era la ciudad donde había nacido. Soy perro viejo en estas lides —la policía se mostró siempre muy solícita en echarme el guante e incluso en pegarme alguna vez— y por consiguiente no dije nada durante toda la operación. Estaba preocupado por mi amigo, que no entendería aquella calurosa recepción en el país de la libertad; me preocupaba su escaso dominio del inglés, sobre todo cuando tuviera que enfrentarse con el lenguaje algo peculiar de la policía. Ninguno de los dos llevábamos navajas ni pistolas, ninguno de los dos tomábamos drogas: eliminado el aspecto criminal. Además, mi amigo era un hombre casado, con dos hijos, su visita era perfectamente respetable y ni siquiera venía de algún lugar sucio y de dudosa reputación, como Grecia, sino de la geométrica y solvente Suiza: eliminado lo moral. Yo no era exactamente un vagabundo, me preguntaba pues qué iba a decir el policía. Parecía muy desilusionado de que no llevara armas, de que mis venas no estuvieran pinchadas;

Fragmento de Nada personal , de James Baldwin , nacido el 2 de agosto de 1924.

El 2 de agosto de 1884 nacía Rómulo Gallegos
El 2 de agosto de 1997 fallecía William Burroughs

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Saúl Yurkievich

Saúl Yurkievich

La vanguardia libró sus ofensivas tratando de borrar todo legado. Sólo validó un presente versátil, proyectado hacia el futuro. Un presente prospectivo, vector de progreso, cercenado de toda dimensión pretérita. Renegó radicalmente del pasado inmediato sin vislumbrar, como en tantas revoluciones, que todos sus propósitos, que todos sus logros habían germinado poco antes.
Con perspectiva casi secular, podemos hoy restablecer la conexión causal entre modernismo y primera vanguardia, es decir reconocer a los poetas modernistas su condición de adelantados. A la tríada culminante de Vicente Huidobro, César Vallejo y Pablo Neruda contraponemos aquí la de los genitores: Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Ressig, deseosos de recobrar su desenvoltura, su avidez, su amplitud, ese dominio, esa pericia, esa libertad plenaria que necesitamos restituir a la palabra poética.
Volver a estos patronos es retornar a la fuente de la modernidad. Volver a la escritura polivalente, polimorfa, polifónica de los modernistas es recuperar la inquietud, la fluidez, el dinamismo, la disponibilidad; es devolver a la palabra los plenos poderes; palabra plástica, porosa, palabra conformada pero no conforme; palabra desprejuiciada, sin inhibiciones ni vedas ni censuras.


Fragmento del texto Lifóros contra lirófagos , de Saúl Yurkievich , fallecido el 27 de julio de 2005.

El 27 de julio de 1939 nacía Manuel Vázquez Montalbán
El 27 de julio de 1951 nacía Bernardo Atxaga
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Aldous Huxley

Aldous Huxley

Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de Blomsbury señalaban las dos y veintisiete minutos. La industriosa colmena, como el director se complacía en llamarla, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando furiosamente sus largas colas, los espermatozoos penetraban de cabeza dentro de los óvulos, y fertilizados, los óvulos crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados, echaban brotes y constituían poblaciones enteras de embriones. Desde la Sala de Predestinación Social las cintas sin fin bajaban al sótano, y allá, en la penumbra escarlata, calientes, cociéndose sobre su almohada de peritoneo y ahítos de sucedáneo de la sangre y de hormonas, los fetos crecían, o bien, envenenados, languidecían hasta convertirse en futuros Epsilones. Con un débil zumbido los estantes móviles reptaban imperceptiblemente, semana tras semana, hacia donde, en la Sala de Decantación, los niños recién desenfrascados exhalaban su primer gemido de horror y sorpresa. Las dínamos jadeaban en el subsótano, y los ascensores subían y bajaban. En los once pisos de las Guarderías era la hora de comer. Mil ochocientos niños, cuidadosamente etiquetados, extraían, simultáneamente, de mil ochocientos biberones, su medio litro de secreción externa pasteurizada. Más arriba, en las diez plantas sucesivas destinadas a dormitorios, los niños y niñas que todavía eran lo bastante pequeños para necesitar una siesta, se hallaban tan atareados como todo el mundo, aunque ellos no lo sabían, escuchando inconscientemente las lecciones hipnopédicas de higiene y sociabilidad, de conciencia de clases y de vida erótica. Y más arriba aún, había las salas de juego, donde, por ser un día lluvioso, novecientos niños un poco mayores se divertían jugando con ladrillos, modelando con arcilla, o dedicándose a jugar al escondite o a los corrientes juegos eróticos. ¡Zummm ... ! La colmena zumbaba, atareada, alegremente. ¡Alegres eran las canciones que tarareaban las muchachas inclinadas sobre los tubos de ensayo! Los predestinadores silboteaban mientras trabajaban, y en la Sala de Decantación se contaban chistes estupendos por encima de los frascos vacíos. Pero el rostro del director, cuando entró en la Sala de Fecundación con Henry Foster, aparecía grave, severo, petrificado.

Fragmento de la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley , nacido el 26 de julio de 1894.

El 26 de julio de 1856 nacía George Bernard Shaw
El 26 de julio de 1875 nacía Antonio Machado
El 26 de julio de 1886 nacía André Maurois
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Robert Graves

Robert Graves

En la mañana del segundo día se levantó una fuerte brisa del sudoeste y Tifis aconsejó a Jasón que se dejasen arrastrar por este viento siguiendo la costa hasta llegar al valle del Tempe, consagrado a Apolo, donde el río Peneo desemboca en el mar. Jasón consintió. Todos subieron otra vez a bordo, alejaron la nave de la costa con sus pértigas, izaron la vela y pronto estuvieron de nuevo en marcha. Las olas chocaban con fuerza contra los costados del navío, y algunos sintieron náuseas o vomitaron.
La costa era alta y escarpada. Pronto, desde tierra, la cima cónica del monte Osa se encumbró sobre ellos y pasaron el poblado de Eurímine, cuyos habitantes corrieron a buscar sus armas por temor a un desembarco hostil, pero luego les saludaron con la mano al descubrir su equivocación. Una vez que el Argo hubo doblado el promontorio del Osa, la costa empezó a tomar un aspecto inhóspito, y Tifis comenzó a hablar de las naves que había visto naufragar en aquellas rocas a causa de las furiosas borrascas del nordeste. Pero poco después la cordillera se fue alejando, dejando entre sus montes y el mar una estrecha faja de tierra baja acabada en una playa arenosa, y los tripulantes se sintieron aliviados.
Al mediodía llegaron a la desembocadura del Peneo, río que Jasón sólo conocía en su nacimiento, pero que es el más noble de toda Grecia y cuyos muchos tributarios riegan la totalidad de las fértiles tierras de Tesalia. Estaban a punto de desembarcar, pues Idmón, Ifito, Orfeo, Mopso y otros estaban empeñados en visitar el santuario de Apolo en Empe y allí tomar parte en un festival sagrado de ratones, cuando de pronto el viento cambió y empezó a soplar desde tierra. Entonces Argo y Tifis rogaron a Jasón que aprovechara esta brisa, un regalo de su antepasado Eolo, para dirigirse al este, hacia las montañas de Tracia. Jasón aprobó la idea. Detrás de ellos, costa arriba, el enorme Olimpo mostraba una amplia superficie de roca pálida y desnuda; como siempre, estaba coronado de nieve y sus escarpadas laderas surcadas por gargantas cubiertas de oscuro follaje.

Fragmento de El vellocino de oro , de Robert Graves , nacido en Londres el 24 de julio de 1895.

El 24 de julio de 1802 nacía Alejandro Dumas
El 24 de julio de 1878 nacía Lord Dunsany
El 24 de julio de 1925 nacía Ignacio Aldecoa
El 24 de julio de 1927 fallecía Ryunosuke Akutagawa
El 24 de julio de 1991 fallecía Isaac Bashevis Singer
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