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Archibald Joseph Cronin

Archibald Joseph Cronin Afuera, una lluvia torrencial oscurecía el espacio comprendido entre las montañas que se alzaban a los lados de la única vía férrea. Las cimas de las elevaciones ocultábanse en la gris extensión del cielo, pero sus laderas descendían negras y desoladas, con las cicatrices de las excavaciones mineras, manchadas aquí y allá por grandes montones de escoria por los que vagaban algunas ovejas sucias, con la vana esperanza de hallar pastos. No se veía un arbusto ni una brizna de vegetación. Los árboles, contemplados a la luz declinante, eran magros y escuálidos espectros. En una curva de la línea dejóse ver el resplandor rojizo de una fundición, iluminando a una veintena de trabajadores desnudos hasta la cintura, con los torsos tensos y los brazos levantados en actitud de golpear. Aunque el cuadro desapareció rápidamente tras la confusión de las maquinarias de una mina, persistía una sensación tensa y vívida de fuerza. Manson suspiró profundamente. Sintió una afluencia de energía, una súbita y sobrecogedora alegría, nacida de la esperanza y la promesa del futuro.
Había llegado la noche, subrayando lo extraño y remoto del cuadro, cuando media hora después la máquina se detenía resoplando en Drineffy. Por fin había llegado. Tomando la maleta, Manson saltó del tren y recorrió apresuradamente la plataforma, buscando ansiosamente una señal de bienvenida. A la salida de la estación, junto a un farol agitado por el viento, esperaba un anciano de rostro amarillento, con sombrero y un impermeable como un camisón.


Fragmento de La ciudadela , de Archibald Joseph Cronin , nacido el 19 de julio de 1896.

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