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Voltaire

Voltaire En tiempos del rey Moabdar había en Babilonia un mozo llamado Zadig, nacido con excelentes disposiciones robustecidas por la educación. A pesar de ser rico y joven, sabía moderar sus pasiones; no era jactancioso, no quería tener siempre razón y sabía respetar la debilidad de los hombres. Asombraba ver que teniendo mucho ingenio no injuriaba jamás con chanzas en esas charlas tan dispersas, tan incoherentes, tan tumultuosas, en esa maledicencia temeraria, en esas decisiones ignorantes, en esas groseras bufonadas, en ese vano ruido de palabras que en Babilonia recibía el nombre de conversación. En el primer libro de Zoroastro había aprendido que el amor propio es un globo hinchado de viento del que salen tempestades cuando se pincha. Zadig, sobre todo, no se jactaba de despreciar a las mujeres y de subyugarlas. Era generoso; no temía hacer favores a ingratos, siguiendo ese gran precepto de Zoroastro: Cuando comas, da de comer a los perros, aunque tengan que morderte.

Zadig o el destino
de François Marie Arouet, a quien la historia recuerda como Voltaire, que nació en París el 21 de noviembre de 1694.

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En la imagen, Voltaire visto por Quentin de La Tour
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