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Al_andar

Elvio Romero

Elvio Romero Un fuego de víspera se lucía, pleno y meteórico, en la prístina transparencia de aquel diciembre de 1931. El flúor de algo nuevo, superpuesto al otro negro emplazado en la España devota y paralizada, pinta de color festivo y feliz los aires de la República del 14 de abril, que Jean Cassou llamó de "regocijo y de verbena". Miguel Hernández llegó a Madrid en medio del fúlgido entusiasmo, ocho meses después de que se hiciera flamear la bandera republicana sobre las torres feudales, que por no haber sido demolidas, seguirían como amenaza en latencia del general regocijo. Sean como sean las puntuaciones de corrección que puedan darse a la actuación tímida de la burguesía española, que luego de varias tentativas frustradas, consiguió el respiro que significaron esos años, y que por demasiado confiar o por demasiadas vacilaciones, no pudo parar el monstruoso engendro de traidora falacia que la sorprendió después, dormida y timorata, no es posible dejar de ver la urgencia y la prisa con que el espíritu español enseñó en esos años su opulencia y su impregnación porvenir. Lo que sobresalta es esa maravillosa soltura creadora que en el aliento libre y sin trabucación alguna le dio rápida preeminencia. Lo que Miguel Hernández quería ver, había de sobra. Si desde lejos le hechizó el claror del movimiento artístico madrileño, de cerca debió sentirse atravesado por su claridad real y milagrosa; si allá le sofocaba la decoración antigua del ambiente sin preñez innovadora, encontró la expansiva fibra de la inteligencia, de la poesía corriendo aguas abajo y exponiendo su lucidez plateada, su original y misterioso impulso, su alarde audaz en la frente de esos días en que se derogaban los gestos desusados, con varas mágicas, depuradoras.
Encontró un aire pletórico de fervores. El acento poético –al que mayor atención prestaba– tenía intensas lumbraradas. Rodaba la moneda lírica con inéditos tintineos. Allí se encontraban los poetas que él leía y admiraba: Alberti , Aleixandre , Cernuda , Salinas , Guillén y otros, además de los orientadores Bergamín y Alonso, todos ya con obra y cada cual con rumbo propio en aquel inquieto 1931. La poesía bajaba a la calle, y con idéntica magia e idéntico sortilegio que ayer, venía a recoger la palpitación que emanaba de los hechos del pueblo.


Fragmento del libro Miguel Hernández, destino y poesía , de Elvio Romero , fallecido el 19 de mayo de 2004
El 19 de mayo de 1864 fallecía Nathaniel Hawthorne
El 19 de mayo de 1895 fallecía el poeta José Martí
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