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Juan José Arreola

Juan José Arreola Hace dos años y un día que nos dejó Juan José Arreola, cuya característica más notable fue el arte de sorprender. Cuando uno empieza a leer un cuento de Arreola nunca sabe cuál será el devenir de las palabras, que a menudo enmascaran la trama.
El guardagujas o Botella de Klein, por citar dos de los más conocidos, son la demostración palpable de la amplitud del universo fantástico del escritor mexicano. O éste...

Casus conscientiae
(de Cantos del mal dolor)

Tu sangre derramada está clamando venganza. Pero en mi desierto ya no caben espejismos. Soy un alienado. Todo lo que me acontece ahora en la vigilia y en el sueño se resuelve y cambia de aspecto bajo la luz ambigua que esparce la lámpara en el gabinete del psicoanalista.
Yo soy el verdadero asesino. El otro ya está en la cárcel y disfruta todos los honores de la justicia mientras yo naufrago en libertad.
Para consolarme, el analista me cuenta viejas historias de errores judiciales. Por ejemplo, la de que Caín no es culpable. Abel murió abrumado por su complejo edípico y el supuesto homicida asumió la quijada de burro con estas enigmáticas palabras: "¿Acaso soy yo el superego de mi hermano?" Así justificó un drama primitivo de celos familiares, lleno de reminiscencias infantiles, que la biblia encubre con el simple propósito de ejercitar la perspicacia de los exploradores del inconsciente. Para ellos, todos somos abeles y caínes que en alguna forma intercambian y enmascaran su culpa.
Pero yo no me doy por vencido. No puedo expiar mi pecado de omisión y llevo este remordimiento agudo y limpio como una hoja de puñal: me fue transmitido literalmente, de generación en generación, el instrumento del crimen. Y no he sido yo quien derramó tu sangre.


En la imagen, Juan José Arreola visto por Carlos Fuentes
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